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El escándalo político que comenzó con una cena fuera de agenda terminó en la destitución de José Jerí y reabrió el debate sobre la fragilidad del poder presidencial en Perú

En Perú la política suele moverse rápido, pero pocas veces una secuencia de encuentros fuera de agenda había acelerado tanto el desgaste de un presidente. Lo que comenzó como un video filtrado —una entrada discreta, una capucha y un restaurante cerrado— terminó convirtiéndose en el símbolo de una nueva crisis institucional: el llamado “Chifagate”.

La historia parecía simple al inicio. El 26 de diciembre de 2025, cámaras de seguridad captaron al entonces mandatario ingresando a un chifa en el distrito limeño de San Borja para reunirse con el empresario Zhihua Yang. Días después hubo otro encuentro, también sin registro oficial. Ninguna reunión figuraba en la agenda presidencial, algo obligatorio dentro de los estándares de transparencia del Ejecutivo peruano.

La explicación pública llegó rápido: reuniones circunstanciales, encuentros sin intención política. Pero la imagen ya estaba instalada. Más que el lugar o la comida, lo que encendió las alarmas fue el contexto. Yang no era un desconocido. Su nombre había aparecido antes en informes parlamentarios sobre contratos públicos vinculados a empresas chinas, y eso transformó una visita privada en un posible conflicto de interés.

De un video viral a una investigación formal

El escándalo creció en paralelo a las preguntas. ¿Por qué un presidente se reuniría fuera de agenda con un empresario ligado a concesiones estatales? ¿Por qué hacerlo de forma discreta? La Fiscalía abrió investigaciones preliminares por presunto tráfico de influencias y patrocinio ilegal, mientras el Congreso exigía explicaciones públicas.

El caso ganó tracción porque coincidió con decisiones administrativas sensibles, como modificaciones en procesos de contratación estatal que incluían proyectos de videovigilancia y obras de infraestructura. Aunque no se probaron vínculos directos, la percepción de opacidad fue suficiente para erosionar la confianza.
En la política peruana, donde la fragilidad institucional es parte del paisaje reciente, la percepción pesa tanto como los hechos judiciales. El “Chifagate” se convirtió en narrativa nacional en cuestión de días.

Una presidencia que ya venía debilitada

El escándalo no cayó sobre un terreno estable. Jerí había llegado al poder como presidente interino tras la salida de Dina Boluarte, en medio de una crisis de seguridad y descontento social. Su administración apenas comenzaba a consolidarse cuando comenzaron a reaparecer cuestionamientos previos: investigaciones por presunto enriquecimiento ilícito, acusaciones políticas del pasado y críticas por nombramientos dentro del Estado.

El resultado fue una caída acelerada en la aprobación ciudadana. En pocas semanas el respaldo político se redujo drásticamente, mientras los partidos que inicialmente lo apoyaban empezaban a tomar distancia. El desgaste fue tan rápido que el escándalo funcionó más como detonante que como causa única.

El Congreso y la figura de la “incapacidad moral”

El 17 de febrero de 2026, el Congreso peruano votó la moción de censura: 75 votos a favor, 24 en contra y 3 abstenciones. La decisión convirtió a Jerí en otro nombre dentro de la larga lista de presidentes que no han logrado terminar su mandato en la última década.

El mecanismo utilizado no es nuevo. La Constitución peruana permite remover al presidente por “incapacidad moral”, una cláusula amplia que ha dado al Legislativo un poder considerable sobre el Ejecutivo. Este recurso, diseñado originalmente para casos excepcionales, se ha vuelto recurrente en un sistema político fragmentado y altamente confrontativo.

Así, la caída de Jerí no se leyó únicamente como castigo por un escándalo, sino como otro episodio en la tensión constante entre Congreso y presidencia.

China, inversiones y una tensión de fondo

El caso también abrió un debate más amplio: la relación entre Perú y China. Empresas chinas tienen una fuerte presencia en sectores estratégicos como minería, energía e infraestructura, y proyectos como el puerto de Puerto de Chancay han colocado al país andino en el centro de intereses geopolíticos.

Por eso las reuniones con empresarios chinos fueron observadas bajo una lupa más amplia, en un momento donde también existen advertencias internacionales sobre la influencia económica asiática en la región. El escándalo dejó ver cómo la política interna peruana se cruza, cada vez más, con dinámicas globales.

Un país en campaña, otra vez en transición

La destitución ocurrió a menos de dos meses de las elecciones generales programadas para el 12 de abril de 2026, organizadas por la ONPE. Esto significa que el nuevo mandatario interino gobernará solo unos meses, hasta la llegada del próximo gobierno electo.

Lejos de alterar el calendario electoral, la salida de Jerí refuerza una idea que se repite en Perú desde hace años: la presidencia cambia, pero el proceso político sigue su curso.

Más que un escándalo, un síntoma

El Chifagate no explica por sí solo la caída de José Jerí, pero sí simboliza cómo pequeñas decisiones pueden volverse crisis nacionales cuando la confianza institucional ya está erosionada. Una cena no registrada terminó exponiendo una serie de tensiones acumuladas: sospechas sobre el poder económico, disputas parlamentarias y una ciudadanía cansada de gobiernos breves.

Perú vuelve a mirar hacia adelante con un nuevo cambio en el Ejecutivo, mientras el país se prepara para votar otra vez. Y quizá esa sea la imagen más clara de este momento político: una nación que avanza entre transiciones constantes, buscando estabilidad en medio de un ciclo que parece no terminar.

En Perú van 10 años en que el mandato no puede ser sostenido, el reciente, escándalo llamado el “chicalfate”, asociado a un empresario chino con  el que ya había estado vinculado en un proceso de lo  está asociado en los espacios. Los votos se consolidaron con sólo tres abstenciones. 

Este escándalo, explotó tras el desprendimiento de lo que se recorre en cada momento y espacio que concuerda en los momentos de lo que se hace o no se hace, así en recorrido, estos momentos de validación se consumen en dos momentos de especialidad que no abraza el espacio, sino lo que abruma en los momentos de estar fuera de serie, el mandatario, se estaba complicando entre dos, momentos en los que se hace. 


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Imagen de portada: El país