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La nueva adaptación de «Cumbres borrascosas» apuesta por una estética sensual y un cast atractivo, pero falla en lo esencial: la química, la intensidad emocional y la fuerza narrativa que hicieron del clásico una historia inolvidable

Hay historias que no necesitan ser fieles al pie de la letra para funcionar. Cumbres borrascosas siempre ha permitido nuevas miradas, nuevas formas de entender el amor y la violencia que la habitan. Por eso, que esta nueva adaptación de Emerald Fennell se aleje del contexto sociopolítico original no tendría por qué ser un problema en sí. El riesgo estaba claro: cambiar el foco hacia algo más sensual, más emocional, más intenso.

El problema es que la película deja atrás ese contexto… y tampoco logra construir la pasión que promete.

Ahí está la falla principal, y todo lo demás nace de eso. No es que haya dos errores separados —la pérdida del trasfondo social y la falta de intensidad emocional—, sino un mismo vacío que atraviesa toda la película. Se desmonta la estructura original para apostar por una historia más carnal, pero esa historia nunca termina de cobrar temperatura. Todo parece estar a punto de explotar y, sin embargo, se queda siempre a medias.

La sensación es como un té olvidado sobre la mesa: alguna vez estuvo caliente, tal vez tuvo aroma, pero cuando finalmente lo pruebas ya no sabe a nada.
El casting refleja perfectamente esa contradicción. Jacob Elordi y Margot Robbie son elecciones evidentes: atractivos, conocidos, con suficiente peso para atraer conversación desde el anuncio del proyecto. Y sí, funcionan en la superficie. La cámara los quiere. El problema es que la película parece quedarse solo ahí, en la superficie.

Elordi tiene presencia, pero su Heathcliff se siente vacío. La historia nunca construye del todo ese resentimiento que debería sostener su oscuridad. El odio existe porque el guion dice que debe existir, no porque la narrativa lo haga inevitable. Y cuando un personaje que debería estar hecho de heridas no tiene cicatrices visibles, su intensidad se vuelve decorativa.

Con Catherine pasa algo distinto, pero igual de problemático. La película insiste en mostrar su inocencia y su juventud, pero esa energía termina cayendo en una infantilización que incomoda más de lo que conmueve. No es una cuestión sobre la actriz ni sobre su edad —probablemente sí de cast, al igual que Elordi —; es un problema de cómo la historia decide mostrarla. Cuando no creemos en esa inocencia inicial, la evolución del romance se rompe. Ya no hay una transformación clara hacia algo intenso o destructivo. Solo vemos una relación que avanza sin que entendamos realmente por qué debería arrastrarnos.

Y eso es grave, porque Cumbres borrascosas vive —o muere— en la química de sus protagonistas. Si no sentimos que ese amor es inevitable y peligroso, la historia pierde su centro. Aquí la relación no quema; apenas se entibia.

El soundtrack también termina por romper la experiencia. En lugar de acompañar la historia o potenciar lo que los personajes transmiten, se percibe ajeno, casi como un elemento colocado aparte del relato. La música no construye tensión ni emoción, tampoco guía el pulso narrativo, y en varios momentos parece desconectada de lo que ocurre en pantalla. Más que sumar capas de sentido, deja la impresión de estar rellenando espacios, sin aportar verdadera narrativa ni sentimiento a la película.
Visualmente hay momentos hermosos. La fotografía y el diseño de producción tienen fuerza y saben construir imágenes atractivas. Pero incluso eso se siente familiar, como algo que ya vimos muchas veces en el cine contemporáneo. Es bello, sí, pero no sorprende ni sostiene lo que la narrativa no consigue.

Al final, la película se siente como un rompecabezas al que le faltan piezas importantes. Intenta convertir esas ausencias en estilo, pero lo único que logra es que se noten más. La intensidad que prometía nunca llega, y la historia se queda suspendida en un punto medio donde nada termina de cuajar.

Tal vez eso sea lo más frustrante: no que haya querido rinterpretar el clásico, sino que esa decisión no conduzca a algo realmente nuevo o a lo prometido. La tormenta está anunciada, el cielo se oscurece… pero nunca cae la lluvia.

Y cuando termina, queda la sensación de haber visto algo bonito, pero incapaz de dejar una marca real.


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Imagen de portada: Esquire colombia