Ya sea que pidas una “chela” en México, una “birra” argentina, una “taconuda” en El Salvador, una “ bicha” en Nicaragua, una “helada” en Venezuela, o una "caña" en España, la cerveza es una bebida que reúne varios de los momentos más memorables que podemos tener en buena compañía –aunque al otro día nos cobre la factura– y como buena bebida ancestral hay miles de historias que giran en torno a este elixir de cebada.
Pero entre todas las anécdotas que la envuelven, hay una que lo comenzó todo. Es la historia de un vidriero, un violín, un amor no correspondido y un pacto con el Diablo la que engendró –para fortuna de muchos– lo que hoy conocemos como nuestra querida cerveza.
Charles Deulin, en su antología Cuentos de un bebedor de cerveza (1868) narra que, hace siglos, en una aldea de Flandes, en Europa, vivía un joven llamado Gambrinus. Era alto y fuerte, y en su más moza edad, mientras servía como aprendiz de vidriero, tuvo la desventura de enamorarse perdidamente de Flandrine, la hija de su patrón. De nada sirvió que fuera diestro en el arte de la música, ni que le llevara serenatas con su violín cada que tenía oportunidad, pues la joven lo despreció en varias ocasiones, por no considerarlo “a la altura”.
Cuentos de un bebedor de cerveza, Charles Deulin
Con el corazón roto, Gambrinus decidió abandonar su ciudad natal y comenzó a vagar por mucho tiempo, cuando, una noche, en medio del bosque, se le apareció una figura oscura que le prometió “aliviaría” sus penas.
El Diablo, capaz de todo –o casi todo– encontró en el dolor de Gambrinus un impedimento. El amor estaba fuera de sus posibilidades y no podía interceder en ello. —Pero puedo ofrecerte el olvido —susurró con voz grave—. Una bebida tan poderosa que disipará tu pena y te hará amado por todos.
Sin nada que perder, el antiguo aprendiz de vidriero aceptó el trato y así, el Ángel caído le reveló el secreto de cómo maltear la cebada, fermentar el mosto y lograr una bebida dorada, espumosa y de sabor profundo que infunde valor en el corazón.
Gambrinus aprendió rápido y pronto abrió la primera cervecería. La gente acudía desde aldeas lejanas para probar aquel brebaje que alegraba sus espíritus y parecía espantar las penas. En el calor de las veladas, el violín servía como una gran comparsa y la fama de este cervecero, fue tal que lo llamaron “El Rey de la cerveza”.
¿Y la joven? Flandrine, ahora sí, estaba lista para darle todo su amor al hombre que había logrado lo que nadie antes había hecho. Sin embargo, al reencontrarla, Gambrinus no pudo reconocerla y con ello, el pacto con el Diablo se cumplió: le concedió el olvido de su dolor. Lo demás es historia. La bebida se convirtió en la predilecta tanto de nobles como de campesinos al grado que hoy le rendimos un homenaje en Pijama Surf, a ese gran amor que nunca fue, pero que dejó tras de sí un pedazo de su corazón en cada botella.
Hay otra historia, pero es muy aburrida y es que algunas crónicas identifican a Juan I de Brabante (1253-1294), duque de Brabante y Limburgo como el responsable de fomentar la elaboración de cerveza en su territorio y regularla para mejorar su calidad. El nombre “Gambrinus” sería una deformación de “Jan Primus” (Juan Primero). Pero nosotros nos quedamos con la de Gambrinus.
¡Salud!