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La celebración por la victoria de México y las reacciones que provocó contrastan con el trato que reciben las manifestaciones feministas, evidenciando una doble vara para juzgar el espacio público

Esta mañana después de la victoria de México sobre Corea del Sur, el Ángel de la Independencia amaneció cubierto de basura. Botellas, vasos, empaques y residuos de una celebración multitudinaria que tomó Paseo de la Reforma durante horas. Las imágenes también mostraron daños al mobiliario urbano, personas trepadas en estructuras públicas y algunos episodios de violencia entre los propios aficionados en medio de la euforia.

Nada particularmente nuevo. Cada cierto tiempo el futbol convierte las calles en una extensión del estadio y la ciudad absorbe las consecuencias. Lo curioso vino después.

Porque mientras trabajadores de limpieza recogían los restos de la celebración y las autoridades evaluaban los daños, la conversación pública parecía desarrollarse con una serenidad poco habitual. Las mismas voces que suelen indignarse cuando una manifestación feminista interviene el espacio público guardaban silencio o reducían todo a una simple consecuencia de la fiesta.

Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿por qué algunas formas de ocupar la ciudad son aceptables y otras no?

@latinus_us Más de 400 mil personas se reunieron en el Ángel de la Independencia para celebrar la victoria de México sobre Corea del Sur en el Mundial; la fiesta, las banderas y los cánticos no pararon pese a la lluvia que azotó ayer la capital del país. Crédito a: @oscar._.damian #Latinus #InformaciónParaTi #ElOtroMundial ♬ sonido original - Latinus

Cada vez que miles de mujeres salen a las calles para exigir justicia por las desaparecidas, por las víctimas de feminicidio o por casos que nunca encontraron respuesta institucional, el debate rara vez se concentra en las razones de la protesta. La atención se desplaza rápidamente hacia las formas. Aparecen las lecciones de civismo, las preocupaciones por los monumentos, los llamados al orden y las exigencias de que la protesta sea limpia, pacífica, discreta y, de ser posible, invisible.

La indignación se vuelve inmediata. Importa que alguien tenga que limpiar después. Importa el mobiliario urbano. Importan las afectaciones a la ciudad; y sí, son preocupaciones legítimas.

Lo que resulta difícil de entender es por qué esos mismos argumentos parecen perder fuerza cuando la basura, los daños y la violencia ocurren en nombre de una celebración futbolística. Como si la pasión deportiva otorgara una especie de permiso especial para hacer aquello que en otros contextos se considera inadmisible.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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La diferencia no es menor. Mientras las marchas feministas buscan llamar la atención sobre una crisis que sigue arrebatando vidas, las celebraciones deportivas responden a un triunfo que, por emocionante que sea, no pone sobre la mesa una exigencia de justicia ni una demanda social urgente.

Sin embargo, es la primera la que suele recibir el juicio moral más severo.Tal vez porque el problema nunca ha sido únicamente la basura, los daños o las molestias. Tal vez lo que incomoda es quién ocupa el espacio público y con qué propósito.

Durante décadas se ha normalizado que los hombres tomen las calles para celebrar, competir, gritar, empujar, confrontarse y desbordarse emocionalmente. Esa presencia rara vez se cuestiona. Forma parte del paisaje cultural. En cambio, cuando las mujeres ocupan esos mismos espacios para denunciar violencia, exigir derechos o recordar a quienes faltan, aparecen las exigencias de moderación y buena conducta.

"No son formas", dicen.

Pero después de ver el estado en que quedó el Ángel tras una noche de festejos, cuesta no preguntarse cuáles son entonces las formas correctas.

Porque pareciera que la única manera legítima de ocupar la ciudad, hacer ruido, generar afectaciones e incluso ejercer ciertas formas de violencia es hacerlo desde espacios históricamente asociados con los hombres. Como si existiera un derecho casi incuestionable a destruir, ensuciar o desbordarse cuando se trata de pasión, pero no cuando se trata de dolor. Y quizá por eso el silencio frente a escenas como las de anoche resulta tan revelador.

No porque la celebración no sea válida, lo es. Sino porque vuelve a recordarnos que, para una parte de la sociedad, hay violencias que se condenan y otras que se perdonan. Hay daños que escandalizan y otros que se justifican. Hay ocupaciones del espacio público que se celebran y otras que siguen siendo vistas como una transgresión.

Como si la única forma verdaderamente aceptable de hacerse escuchar fuera nacer hombre y llamar a eso tradición.


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