El fútbol y la moda llevan décadas entrelazados, pero fue hasta los años noventa cuando la relación se volvió explícita y comercial. El Mundial de Estados Unidos 1994, retransmitido en color para todo el mundo, mostró más que goles: también mostró estilos. La coleta de Roberto Baggio (el delantero italiano más famoso de su generación), las camisetas holgadas de Brasil, los pantalones cada vez más cortos. A partir de ahí, las agencias de modelos enviaron cazatalentos a los estadios, las firmas de lujo ficharon futbolistas como imagen, y los jugadores dejaron de ser solo deportistas para convertirse en íconos de estilo.
Antes de Beckham, hubo visionarios. George Best, extremo del Manchester United considerado uno de los mejores jugadores de los años 60, no solo deslumbró en la cancha; en 1967 abrió Edwardia, su propia tienda de moda en Londres. Él confesó que lo hizo para conseguir citas. Best fue el primero en entender que su imagen valía más allá del deporte. Años después, David Ginola (extremo francés del Newcastle) desfiló para Cerruti 1881 y protagonizó campañas para L'Oréal. El propio Nino Cerruti le pidió un autógrafo.
Luego vino David Beckham. En 2002 posó para David LaChapelle en una edición mítica de GQ: shorts vintage de Levi's, Converse en llamas y una cresta decolorada ante el fondo de un taller mecánico. Un delirio pop que resumió una época. Fue el primero en convertir su imagen en un negocio multimillonario, y abrió la puerta a todos los demás: Cristiano Ronaldo y David James para Armani; Xabi Alonso para Boss; Messi, Drogba e Ibrahimovic para Dolce & Gabbana. Aunque, como advierte el periodista Juanma Melero, "ser deportista de élite no implica ser un referente de estilo; en algunos casos se confunde el exceso con la elegancia".

Hoy, la industria ha tomado los códigos visuales del fútbol de los 80 y 90 (colores saturados, logos grandes, cortes anchos) y los ha convertido en tendencia con un nombre propio: terracewear, literalmente "ropa de grada". Marcas como Stone Island, Fred Perry, Umbro y Kappa han revivido gracias a esa nostalgia. Las equipaciones retro se agotan en horas. El PSG firmó con Jordan; el Venezia FC es más famoso por sus camisetas que por sus resultados. Como dice el diseñador Gosha Rubchinskiy: "Todos hablamos el mismo idioma, aunque con diferentes acentos".
En 1863, los jugadores vestían lo que tenían a mano en una taberna de Londres. Hoy, Cristiano Ronaldo cobra 400.000 euros por una foto en Instagram. La historia de amor entre el fútbol y la moda comenzó mal, con hombres mal vestidos y gradas húmedas; pero lleva décadas mejorando, tropezando y volviéndose a levantar. Y no parece que vaya a terminar pronto.
