¿Y si en el centro de nuestra galaxia no hay un agujero negro?
Ciencia
Por: Carolina De La Torre - 03/05/2026
Por: Carolina De La Torre - 03/05/2026
Durante más de medio siglo, el corazón de la Vía Láctea ha tenido nombre propio: Sagitario A*. Un agujero negro supermasivo, con una masa equivalente a cuatro millones de soles, ubicado a unos 26 mil años luz de la Tierra. La idea parecía firme. Las órbitas extremas de las llamadas estrellas S, que giran a velocidades vertiginosas alrededor de un punto invisible, reforzaban esa conclusión: solo una concentración de gravedad descomunal podía sostener ese comportamiento.
En los años setenta, los astrofísicos Donald Lynden-Bell y Martin Rees propusieron que en el centro de nuestra galaxia debía existir un objeto de este tipo. Poco después, las observaciones en radio confirmaron la presencia de una fuente extremadamente compacta. En paralelo, Stephen Hawking revolucionó la teoría al demostrar que los agujeros negros podían emitir radiación, algo que cambió para siempre la forma de entenderlos.
Ese consenso, sin embargo, acaba de recibir un matiz importante.
Un estudio publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society propone una alternativa que no contradice las observaciones, pero sí su interpretación. El equipo internacional, con participación de investigadores del CONICET, sugiere que el objeto central podría no ser un agujero negro, sino un núcleo superdenso de materia oscura compuesto por fermiones ligeros, es decir, partículas subatómicas con propiedades cuánticas específicas.
Durante décadas, hemos dado por hecho que en el corazón de nuestra galaxia habita un agujero negro supermasivo. La propuesta no niega los fenómenos que observamos, lo que cuestiona es su explicación. https://t.co/7qZejzH1En
— EcologíaVerde (@ecologiaverde) February 27, 2026
La clave del modelo es su estructura “núcleo-halo”. En el centro habría una concentración extremadamente compacta de materia oscura capaz de generar el mismo tirón gravitatorio que hoy atribuimos a un agujero negro supermasivo. Alrededor, un halo más amplio y difuso, formado por la misma sustancia, explicaría la dinámica de rotación de las regiones externas de la galaxia.
Aquí está uno de los puntos fuertes de la hipótesis: conecta lo que hasta ahora se estudiaba por separado. Por un lado, las órbitas precisas de las estrellas S. Por otro, la rotación galáctica medida con enorme detalle por la misión Gaia de la Agencia Espacial Europea. Según los autores, un modelo continuo de materia oscura podría abarcar ambas escalas con un mismo marco teórico.
¿Significa esto que el agujero negro deja de existir? No. Con los datos actuales, la presencia de un agujero negro clásico no puede descartarse. Las observaciones siguen siendo compatibles con ambas posibilidades. Lo que cambia es el mapa conceptual: la gravedad extrema en el centro galáctico podría tener un origen distinto al que hemos asumido durante décadas.
Incluso la famosa imagen obtenida en 2022 por el Event Horizon Telescope, que mostró la sombra asociada a Sagitario A*, encajaría también en este escenario. De acuerdo con el estudio, un núcleo fermiónico lo suficientemente denso puede curvar la luz de manera tan intensa que proyecte una región oscura central rodeada de brillo, muy similar a la que produce un agujero negro.
La diferencia, entonces, no es visual sino física. En lugar de un horizonte de eventos —ese límite a partir del cual nada puede regresar— habría una concentración cuántica de partículas que imita sus efectos gravitatorios sin necesidad de un abismo infinito.
El siguiente paso será observar con mayor precisión. Instrumentos como el interferómetro GRAVITY, instalado en el Very Large Telescope en Chile, podrán buscar señales específicas que distingan entre ambos escenarios, como la presencia o ausencia de ciertos anillos de fotones secundarios. Si esas huellas no aparecen, la hipótesis del núcleo de materia oscura ganaría fuerza.
En el fondo, lo que está en juego no es solo la identidad de Sagitario A*, sino nuestra comprensión de la materia oscura, uno de los mayores enigmas de la física contemporánea. Sabemos que constituye la mayor parte de la masa del universo, pero desconocemos su naturaleza íntima. Si puede organizarse en estructuras compactas capaces de imitar agujeros negros, el centro de la galaxia se convertiría también en un laboratorio de física de partículas.
La evidencia observacional no ha cambiado. Lo que se está moviendo es la interpretación. Y en ciencia, ajustar el marco puede ser tan profundo como descubrir un objeto nuevo. El corazón de la Vía Láctea sigue ahí, ejerciendo su gravedad silenciosa. La pregunta es si lo que late en él es un horizonte de eventos o una arquitectura invisible de partículas aún más extraña de lo que imaginábamos.