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Pedro Friedeberg, uno de los artistas más singulares del surrealismo en México, murió a los 90 años. Su obra mezcló arquitectura imposible, simbolismo esotérico y referencias al tarot, dejando piezas icónicas como la Hand Chair

El arte mexicano perdió a una de sus figuras más singulares. El artista Pedro Friedeberg murió este 5 de marzo de 2026 a los 90 años en su casa de San Miguel de Allende. Con él se va una de las mentes más excéntricas y provocadoras del arte moderno en México, un creador que dedicó su vida a construir universos visuales donde la arquitectura, el simbolismo y el humor convivían con absoluta libertad.

Friedeberg nació el 11 de enero de 1936 en Florence, en una familia judía que abandonó Europa durante el ascenso del fascismo. Llegó a México siendo niño y fue aquí donde desarrolló toda su obra. En su juventud estudió arquitectura en la Universidad Iberoamericana, aunque pronto decidió abandonar la carrera para dedicarse por completo al arte.

Esa formación, sin embargo, nunca desapareció. La arquitectura se convirtió en la columna vertebral de su imaginario.

Un artista imposible de encasillar

A lo largo de más de seis décadas de trabajo, Friedeberg desarrolló una obra difícil de clasificar. Fue pintor, diseñador, escultor y creador de objetos. Sus cuadros parecen planos de ciudades imaginarias: pasillos que se multiplican, escaleras que parecen no terminar nunca, templos imposibles y estructuras que se expanden hasta llenar el espacio con patrones repetidos.

Su trabajo suele relacionarse con el surrealismo, especialmente por su cercanía con artistas como Leonora Carrington y Remedios Varo, quienes también desarrollaron gran parte de su obra en México. Pero Friedeberg siempre prefirió mantenerse en una posición independiente. Su universo visual combinaba arquitectura clásica, simbolismo religioso, humor absurdo y una obsesiva atención al detalle.

En sus pinturas aparecen con frecuencia columnas, laberintos, ojos, manos y figuras geométricas que se repiten hasta formar composiciones casi hipnóticas. Cada superficie se llena de pequeñas estructuras que recuerdan tanto a planos arquitectónicos como a diagramas simbólicos.

La mano que lo hizo famoso

La pieza que lo volvió reconocido internacionalmente fue creada en 1962: la Hand Chair.

Se trata de una silla con forma de mano humana. La palma funciona como asiento y los dedos se elevan para formar el respaldo. El objeto es al mismo tiempo escultura, mueble y experimento visual. Con el paso del tiempo se produjeron miles de versiones y la pieza terminó convirtiéndose en un ícono del diseño surrealista del siglo XX.

Curiosamente, el propio Friedeberg contaba que diseñó la silla en un momento en que sus pinturas todavía no se vendían con facilidad. El objeto terminó financiando buena parte de su trabajo artístico.

El arte como sistema de símbolos

Más allá del diseño y la arquitectura fantástica, Friedeberg también tenía un profundo interés por el misticismo y el simbolismo esotérico. Durante años estudió sistemas de pensamiento como el I Ching, además de diferentes tradiciones religiosas y filosóficas.

Ese interés se reflejó en muchas de sus obras, donde aparecen referencias a la alquimia, a la iconografía religiosa y a diagramas que recuerdan mapas espirituales.

En este mismo universo simbólico se inscribe su relación con el tarot. Friedeberg llegó a realizar interpretaciones visuales de los arcanos y series gráficas inspiradas en el lenguaje del tarot, reinterpretando figuras como torres, manos, ojos o estructuras arquitectónicas que funcionan como metáforas del destino, el conocimiento o la transformación.

Más que reproducir las cartas tradicionales, el artista creó imágenes que dialogan con el tarot desde su propio lenguaje visual. Sus composiciones funcionan casi como cartas simbólicas: cada elemento parece formar parte de un sistema de signos que invita a una lectura más profunda.

Un artista incómodo para su tiempo

En el contexto del arte mexicano del siglo XX, donde el muralismo y los discursos políticos tenían una presencia dominante, Friedeberg defendía otra idea del arte. Para él la imaginación, el juego y la ironía eran fundamentales.

Formó parte del grupo artístico conocido como Los Hartos, un colectivo que criticaba el arte oficial y proponía una visión más libre y experimental de la creación.

Su personalidad también alimentó su reputación de figura excéntrica. Era conocido por su humor irónico y por su mirada crítica hacia muchas corrientes del arte contemporáneo. Aun así, su obra terminó encontrando reconocimiento internacional con exposiciones en museos y galerías de distintos países.

Un universo que perdura

Pedro Friedeberg produjo obra durante más de sesenta años. Pintó, diseñó muebles, creó esculturas, grabados y murales. Su imaginación parecía no agotarse. Cada pieza ampliaba un universo visual donde la arquitectura se convertía en fantasía y donde el orden geométrico convivía con el juego y el misterio.

Con su muerte se cierra una de las trayectorias más singulares del arte mexicano. Pero sus laberintos, sus escaleras imposibles y sus símbolos siguen ahí, como puertas abiertas hacia una forma distinta de mirar el mundo.


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Imagen de portada: El sol de México