La sociología del Mundial: Durkheim y la experiencia de la efervescencia colectiva del fútbol
Filosofía
Por: Carolina De La Torre - 03/03/2026
Por: Carolina De La Torre - 03/03/2026
A cien días del Mundial, la pregunta ya no es cuántos goles veremos, sino qué estamos esperando en realidad. ¿Es solo una tradición amplificada por marcas y transmisiones globales o estamos frente a algo más hondo? En una época marcada por la liquidez de los vínculos, por el individualismo que fragmenta horarios, pantallas y afectos, el Mundial aparece como una fuerza que nos devuelve a una forma primitiva y poderosa: el ritual colectivo. Algo en nosotros sigue necesitando reunirse, sincronizarse, latir al mismo tiempo.
La respuesta rápida habla de negocio, espectáculo, marketing. La respuesta sociológica es más profunda y menos cínica. Para entenderla hay que volver a un pensador que jamás vio un partido televisado pero que entendió como pocos la energía que se produce cuando los cuerpos se reúnen y sienten al mismo tiempo: Émile Durkheim.
En 1912, en su obra Las formas elementales de la vida religiosa, Durkheim estudió rituales de pueblos aborígenes australianos con una intuición poderosa: la religión, antes que dogma, es un fenómeno social. Lo sagrado nace cuando una comunidad se congrega y algo ocurre entre ellos.
Ahí aparece su concepto clave: la efervescencia colectiva. Momentos en que los miembros de un grupo, reunidos en un mismo espacio, “comunican el mismo pensamiento o participan en la misma acción”. Esa sincronía produce una energía que desborda al individuo. No es metáfora ligera. Es una experiencia física. Una intensidad compartida que eleva.
Durkheim lo escribió con claridad:
“La sociedad solo puede hacer sentir su influencia si está en acto, y solo lo está si los individuos están reunidos y actúan en común. A través de la acción común, ella toma conciencia de sí y se asienta, pues es ante todo cooperación activa.”
Cuando eso sucede, el yo se afloja. Las fronteras personales pierden rigidez. La identidad privada se diluye en un nosotros vibrante. Durkheim habló de estos instantes como:
"...períodos de creación y renovación..., en que los hombres establecen entre sí relaciones más íntimas, cuando los mítines y las asambleas son más frecuentes, las relaciones más sólidas, los intercambios de ideas más activos".
El sociólogo veía ahí el origen de lo sagrado y el refuerzo de la conciencia colectiva. Investigadores contemporáneos como Pablo Nocera han subrayado que esta energía compartida no solo cohesiona: también transforma. Hay una potencia creadora en esos picos de intensidad social.
Las teorías clásicas de la modernización aseguraban que la racionalidad acabaría por vaciar los rituales. Sin embargo, cada cuatro años el planeta demuestra otra cosa. El Mundial funciona como una liturgia secular que reorganiza calendarios, horarios y prioridades.
El estadio se convierte en templo. Basta entrar en el ambiente para entender que el lenguaje religioso aparece de manera espontánea. Se habla de fe, de milagros, de mística.
En un partido del Mundial se despliegan con nitidez los elementos que Durkheim describió hace más de un siglo.
Asamblea. Millones se reúnen en estadios, plazas o salas diminutas con la televisión al máximo volumen. El simple acto de congregarse ya modifica la experiencia. El cuerpo del otro amplifica el propio.
Ritual. Himnos cantados con la mano en el pecho. Porras repetidas con disciplina íntima. La ola que recorre gradas como un pulso visible. Gestos que coordinan emociones.
Disolución del yo. Durante noventa minutos, la profesión importa poco. La clase social se vuelve irrelevante. El individuo se reconoce en un nosotros que lo excede. Es una trascendencia horizontal. Terrenal. Dirigida a la comunidad.
Creación de lo sagrado. La camiseta deja de ser tela. El escudo concentra memoria. El trofeo adquiere aura. Los objetos se cargan de una densidad simbólica que rebasa su materialidad.
Integración. La alegría compartida y el duelo colectivo refuerzan pertenencias. El fútbol se convierte en una de las prácticas de identificación más intensas de la modernidad. Algo cercano a esa comunidades que en la vida cotidiana parece dispersas.
La vigencia de esta lectura es tan clara que incluso ha dado lugar a títulos recientes como Durkheim marca un gol: Efervescencia colectiva y fútbol popular, de Leonardo H. Pelayo, donde se afirma que “Émile Durkheim nunca pateó una pelota, pero nos enseñó que un estadio puede ser un templo”, y se pregunta por qué millones “dejan su vida en suspenso durante noventa minutos para entregarse a la fe de un equipo”.
La pregunta es legítima. ¿Por qué suspender la vida por un juego?
Tal vez porque en esa suspensión ocurre algo que la rutina rara vez concede: intensidad compartida. Una conciencia palpable de pertenencia. Un recordatorio de que la sociedad no es una abstracción administrativa, sino una vibración que se siente en la piel.
Claro que el Mundial es industria. Claro que hay intereses económicos y estrategias geopolíticas. Reducirlo a eso empobrece la lectura. La sociología invita a mirar la dimensión afectiva y simbólica que sostiene el fenómeno.
Durkheim hablaba de la “vie sérieuse”, esa vida seria y estructurada que ordena nuestros días. Los rituales irrumpen para tensar esa estructura y devolverle energía. El Mundial cumple esa función. Interrumpe la linealidad del calendario y crea un tiempo extraordinario.
Por eso, a cien días del próximo torneo, la expectación no es un simple conteo regresivo. Es la anticipación de un momento de alta densidad social. Un paréntesis donde millones volverán a experimentar esa electricidad de estar juntos.
En las gradas, en las calles, frente a una pantalla compartida, se activará una fuerza antigua. La misma que Durkheim observó en comunidades remotas y que hoy circula entre banderas y porras.
Así; durante noventa minutos, el mundo se sincroniza, y en esa sincronía, la sociedad se encuentra así misma.