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Su voz desapareció antes que él, pero su presencia nunca se apagó. De Jim Morrison a Iceman, su legado es un susurro que sigue vibrando en la pantalla.

Val Kilmer ha muerto. Su voz, que alguna vez encarnó la rebeldía de Jim Morrison, la frialdad de Iceman y la intensidad de Doc Holliday, se ha apagado definitivamente. El actor falleció el 1 de abril, a los 65 años, tras una larga batalla contra el cáncer de garganta, una enfermedad que lo privó de su herramienta más poderosa: la voz.

A lo largo de su carrera, Kilmer no fue solo un actor, sino un camaleónico creador de mitos. En The Doors (Oliver Stone, 1991), se hundió en el delirio psicodélico de Jim Morrison hasta volverse indistinguible del líder de la banda. En Tombstone (George P. Cosmatos, 1993), su Doc Holliday, enfermo de tuberculosis, desafía la muerte con un guiño y una pistola cargada de ironía. En Top Gun (Tony Scott, 1986), fue Iceman, el gélido antagonista de Maverick, implacable y preciso como un misil teledirigido. Y en Batman Forever (Joel Schumacher, 1995), se puso la capa del Caballero de la Noche en una versión que, aunque ensombrecida por su predecesor y sus sucesores, mostraba un Bruce Wayne atormentado, atrapado entre la sombra y la luz.

Pero Kilmer no solo interpretaba personajes; parecía absorberlos. Luego vino el silencio: el cáncer de garganta diagnosticado en 2015 lo obligó a someterse a procedimientos que le arrebataron la voz y transformaron su imagen. Su vida, como sus personajes, comenzó a girar en torno a la fragilidad del cuerpo y la resistencia del espíritu.

La voz no es solo un medio de comunicación, es una extensión de la identidad, un instrumento de poder y matiz. En la actuación, define el peso de una línea, la profundidad de una emoción, el alma de un personaje. Kilmer dominaba ese registro: su tono podía ser un susurro líquido o un rugido que ocupaba la escena. La pérdida de su voz fue un golpe brutal para un actor que hizo de ella su firma, pero también lo obligó a reinventar su presencia, a hablar desde el gesto, la pausa y la mirada.

En 2021, el documental Val (Ting Poo y Leo Scott) reveló la intimidad de ese viaje. A través de cientos de horas de material grabado por el propio Kilmer durante décadas, el filme es un testimonio brutal y poético de un hombre que buscó definirse más allá de sus papeles. Un actor que, al perder la voz, encontró otra forma de narrarse.

Pero su última gran interpretación llegó en Top Gun: Maverick (Joseph Kosinski, 2022). En un guiño devastador a la realidad, Kilmer volvió como Iceman, esta vez un almirante enfermo, condenado al silencio. En una escena que se siente como una despedida anticipada, Maverick y Iceman se reencuentran, y Kilmer, con apenas unas palabras y una expresión que lo dice todo, entrega una actuación que es cine en su forma más pura: el lenguaje del cuerpo, la mirada que carga décadas de historia, la presencia que trasciende el sonido.

El cine, al final, es una sinfonía de luz y sombra, de tiempos y silencios que construyen significado más allá de las palabras. Kilmer, en su mutismo impuesto, reveló la esencia de este arte: la imagen que comunica sin pronunciarse, la pausa que grita, el gesto que se convierte en una cicatriz sobre la pantalla. Tal vez, después de todo, nunca necesitó una voz para seguir resonando.


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