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Elisabetha Gruener protagoniza «Fiesta de compromiso», la obra de Clemente Vega en el Foro Shakespeare, una experiencia sin diálogos donde el cuerpo sustituye a la palabra y las tensiones familiares se vuelven visibles

Una fiesta de compromiso suele pensarse como un ritual de celebración: una mesa larga, sonrisas tensas, brindis que intentan sostener cierta armonía. Pero en «Fiesta de compromiso», la nueva propuesta escénica de Clemente Vega, todo comienza justo cuando esa estabilidad ya está rota.

La obra, protagonizada por Elisabetha Gruener, elimina por completo el diálogo para dejar que el cuerpo, la respiración y el movimiento narren una historia atravesada por tensiones familiares, deseos reprimidos y emociones que llevan demasiado tiempo intentando contenerse.

Más que una obra tradicional, Fiesta de compromiso se mueve como una experiencia sensorial donde cada gesto termina diciendo más que cualquier conversación.

“Creo que la obra empieza en un punto de quiebre”, cuenta Elisabetha Gruener  “Empieza en una situación límite y el reto actoral es ponerse a una misma en ese lugar incómodo. Eso fue lo que exploramos y creo que eso es lo padre de la obra: ves algo que ya está casi explotando… y luego lo ves explotar”.

El cuerpo como territorio emocional

Dentro de la obra, Elisabetha interpreta a una novia que espera que su fiesta de compromiso sea, por fin, un momento de unión familiar. Pero las dinámicas que existen desde hace años terminan imponiéndose poco a poco.

“Ella tiene la esperanza de que por primera vez en la vida las cosas van a salir bien”, explica la actriz. “Que su familia la va a atender y van a buscar una comunión. Pero las dinámicas familiares muy rara vez cambian”.

Esa tensión se vuelve todavía más intensa porque la puesta prescinde completamente del diálogo. No existen grandes monólogos ni explicaciones evidentes; todo ocurre desde el movimiento y la presencia física.

“Para mí, el diálogo incluso puede resultar un obstáculo”, confiesa. “Al liberarse completamente de eso, resulta liberador simplemente habitar el cuerpo y tomar el camino que el cuerpo decida”.

Lejos de sentirse limitada por la ausencia de palabras, Elisabetha encontró ahí uno de los descubrimientos más importantes del proceso.

“Conectar desde el cuerpo hacia adentro me resulta mucho más fácil. Siento que los cuerpos siempre son mucho más sabios”.

La incomodidad de reconocerse en escena

Aunque Fiesta de compromiso lleva las emociones al extremo, una parte de su fuerza proviene precisamente de lo reconocible. De esos gestos familiares que cualquiera identifica aunque nunca los nombre en voz alta.

“Uno ve una situación que parece no ser realista y de pronto dices: ‘Ay Dios mío, yo soy así. Mi mamá, mis hermanos… yo conozco una tía así’”.

La obra convierte esa incomodidad en una especie de espejo. Porque incluso cuando los personajes intentan contener el desastre, el cuerpo termina revelando lo que realmente ocurre debajo.

“Todos están intentando que no explote”, explica Elisabetha. “Como presionando la tapa para que no explote lo más que se pueda”.

Durante los ensayos, la actriz descubrió algo que terminó atravesando también su manera de observar la vida cotidiana.

“La importancia de fijarse en los cuerpos. Basta ver cómo una persona se para, cómo se mueve o hacia dónde dirige el cuerpo para entender qué le está pasando verdaderamente”.

Una obra que no busca explicarse, sino sentirse

Parte importante de la intensidad de la obra nace también del trabajo físico y coreográfico desarrollado junto al maestro Beto Castro. Para Elisabetha, entrar en ese nivel de exposición emocional no habría sido posible sin el acompañamiento del equipo creativo.

“Se tocan lugares muy incómodos, pero Clemente y Beto han hecho un trabajo de contención muy lindo”, explica. “Eso te permite decir: ‘sí me voy a ir a ese lugar porque va a estar bien’”.

La actriz reconoce que este proyecto representó un momento importante dentro de su propio camino artístico.

“Nunca había hecho algo tan conectado con el cuerpo, tan incómodo y con tanto riesgo”, admite. “Y creo que en esta obra descubrí que sí puedo ir a lugares que antes veía en otras actrices y pensaba que jamás podría tocar”.

Más que buscar moralejas fáciles, Fiesta de compromiso parece interesada en otra cosa: mostrar que incluso dentro del conflicto humano sigue existiendo un intento genuino por conectar.

“No se trata sólo de cambiar o romper patrones”, dice Elisabetha. “También se trata de darse un apapacho como humano. Todos hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos”.

Y quizá por eso, cuando le preguntan qué espera que el público se lleve después de salir del Foro Shakespeare, su respuesta no habla de certezas, sino de reconocimiento.

“Me gustaría que dijeran: ‘yo también he estado ahí’. Que se reconocieran en el trabajo, pero también que entendieran que todos lo estamos intentando”.


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