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Platón no era partidario de la democracia, pero sí podemos darnos cuenta a través de este diálogo que el hecho de construir discursos para convencer a un auditorio data de muchos siglos atrás.

El Sofista, uno de los diálogos de Platón, se escribió entre los años 367 y 362 antes de Cristo. Como sucede en estas obras, la argumentación se va estructurando a partir de preguntas y respuestas entre sus interlocutores; esgrimiendo ideas con base en la crítica, es decir, poniendo en suspenso argumentos y creencias que en apariencia se dan por hecho en el mundo social, incluidas la política y la cultura. 

En este diálogo, entre los personajes El Extranjero y Teeteto, se llega a la definición de una figura a la que se conoce como sofista que, en otras palabras, es aquella persona que utilizando argucias en su discurso y comercia con este, aparentando que se trata de un real saber y conocimiento; y cuya práctica gira únicamente en torno de la obtención de ganancias que le reporta el hacerse cargo de la educación de jóvenes con posibilidades económicas. El sofista no tiene reparo en engañar, ni en utilizar tretas, atajos y sobre todo apariencias para convencer a su interlocutor de que tiene la razón.

Aquella práctica parece ser una herencia en la vida política de nuestros días. Como se sabe, Platón no era partidario de la democracia, pero sí podemos darnos cuenta a través de este diálogo que el hecho de construir discursos para convencer a un auditorio data de muchos siglos atrás.

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En su dimensión compleja y, desde luego con muchas variantes, es posible advertir que el discurso que se juega hoy en la esfera pública política no sólo evoca aquellas prácticas de la sofística antigua, situado más que nada en el terreno de la educación, sino que hoy es la herramienta que domina la construcción del discurso político. Por parte de mandatarias y mandatarios se recurre a la construcción de narrativas superficiales que intentan engañar a las masas; hoy se le llama posverdad.

Y si buscamos la definición de posverdad en el diccionario encontraremos la siguiente enunciación “los demagogos son maestros de la posverdad”. Así surge la pregunta: ¿qué es la demagogia? Según también la definición esta guarda cercanía con el electoralismo. Y se trata de una degeneración de la democracia, ejecutada por políticos y políticas, que apela a la emocionalidad de la ciudadanía para mantenerse en el poder. ¿Nos suena familiar? Desde luego, debe de ser porque la demagogia hoy es practicada por todos los sectores, de todas las ideologías y corrientes partidistas.

La demagogia, por lo que actualmente nos consta, no tiene reparo en suponer un radical divorcio de la realidad para dirigir un discurso que intenta con toda su fuerza conservar el poder; y no velar ni por los pobres ni por las masas. De manera lamentable, en el caso mexicano, no podemos contrastar lo que se dice en los discursos oficialistas ni triunfalistas con lo que sucede en las calles, con nosotros/as, ciudadanos/as de a pie, es decir, hechos evidentes en el estado actual de la población, quienes nos enteramos de las extorsiones, cobros de piso, pobreza, limitaciones, obstáculos que se suman día con día para el libre ejercicio de la vida de comunidades entera

Esa, nuestra situación de vida es la que define el sentido del voto; si nuestra circunstancia vital, la de los nuestros, es la de quienes padecen la vida en lugar de expandirla con bienestar, conocimiento y dignidad, entonces el voto pierde su significado. Toda insistente defensa de políticos y políticas ante una realidad así podría traducirse más bien en un anhelo casi religioso con carácter de dogma que nada tiene que ver con construir una sociedad para todas y todos.

Parece ser que lo que está en juego es la construcción de realidades, sí, pero habrá que favorecer la construcción de realidades que no se animen por la demagogia, sino de aquellas que se configuren a favor de la inclusión y del desarrollo de la vida.


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Imagen de portada: Alejandra de Argos