Contaminación en CDMX: lo que el aire sucio está haciendo al cuerpo
Salud
Por: Carolina De La Torre - 03/13/2026
Por: Carolina De La Torre - 03/13/2026
La contaminación en la Ciudad de México suele pensarse como algo que ocurre allá afuera: en avenidas saturadas, zonas industriales o días de contingencia ambiental. Sin embargo, la evidencia científica reciente muestra que sus efectos son más profundos y persistentes de lo que imaginamos. No solo afectan el aire que respiramos en la calle, también atraviesan los muros de las casas y terminan instalándose en los espacios donde pasamos la mayor parte del tiempo.
Durante los primeros meses de 2026 la calidad del aire en la Ciudad de México ha sido particularmente preocupante. En lo que va del año se han registrado apenas cuatro días con aire considerado limpio, mientras que las contingencias ambientales han sido frecuentes. Este escenario tiene consecuencias directas en la salud de millones de personas.
Los contaminantes más problemáticos son el ozono y las partículas finas conocidas como PM2.5, pequeñas partículas capaces de penetrar profundamente en los pulmones y llegar al torrente sanguíneo. Sus efectos más visibles aparecen a corto plazo. Muchas personas experimentan dolor de cabeza, irritación en ojos y garganta, tos persistente o dificultad para respirar.
Un estudio realizado en 2025 con trabajadores ambulantes de la ciudad ayuda a dimensionar el problema. Cerca del 40% reportó dolores de cabeza frecuentes durante periodos de mala calidad del aire, más de la mitad experimentó aumento de expectoración y alrededor del 44% presentó infecciones respiratorias recurrentes. La tos persistente y la sensación de falta de aire también aparecieron de forma constante entre los participantes.
Cuando las contingencias ambientales se prolongan, los efectos se vuelven más evidentes en los servicios de salud. Durante una semana de febrero de 2026 marcada por seis días consecutivos de contingencia, la Secretaría de Salud registró un aumento considerable de padecimientos respiratorios. Se reportaron decenas de casos adicionales de asma y cientos de casos extra de conjuntivitis, además de un incremento en infecciones del oído.
Imagínate qué tan aferrado debes estar para no admitir que el uso de vehículos particulares contribuye a la contingencia ambiental en CDMX y zona metropolitana.
— Poketiempo MX 🌪️⛈️☂️ (@poketiempo_mx) February 18, 2026
Y aparte "fundamenten" con un mapa de vientos sin fecha ni contexto cuando el viento cambia de dirección a cada rato. https://t.co/FShlvlEv8Z pic.twitter.com/HUErzPtBcl
El problema no se limita a molestias pasajeras. La exposición constante a contaminantes atmosféricos provoca procesos biológicos que afectan múltiples órganos.
Las partículas finas pueden generar estrés oxidativo en el organismo. En términos simples, dañan proteínas, lípidos y ADN de las células, lo que desencadena inflamación crónica. Ese proceso impacta distintos sistemas del cuerpo.
En el aparato respiratorio, por ejemplo, empeoran enfermedades como el asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. En algunos estudios clínicos realizados en población expuesta de forma constante se detectaron alteraciones en pruebas de función pulmonar que indican reducción en la capacidad respiratoria.
El sistema cardiovascular también resiente estos efectos. Las partículas ultrafinas pueden entrar al flujo sanguíneo, aumentar la viscosidad de la sangre y favorecer la formación de coágulos. Esto eleva el riesgo de derrames cerebrales, trombosis y enfermedades del corazón. Durante episodios recientes de contaminación se registraron casos adicionales de enfermedad isquémica cardíaca y eventos cerebrovasculares.
El sistema nervioso tampoco queda al margen. Diversas investigaciones han encontrado relación entre la exposición prolongada a contaminación y síntomas de ansiedad o depresión. En el estudio con trabajadores ambulantes, aproximadamente una cuarta parte mostró indicadores compatibles con estos trastornos. Otros estudios internacionales han vinculado la contaminación crónica con mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como Parkinson o Alzheimer.
Todo este conjunto de efectos tiene un costo enorme. Se estima que la contaminación atmosférica contribuye cada año a entre ocho mil y catorce mil muertes prematuras en la zona metropolitana del Valle de México. También reduce la esperanza de vida de quienes viven de forma constante en ambientes con mala calidad del aire.
Durante las contingencias ambientales se recomienda reducir actividades al aire libre, y esa sigue siendo una medida importante para disminuir la exposición. Sin embargo, la investigación reciente muestra que la contaminación no se queda completamente fuera de los espacios interiores.
Las partículas provenientes del tráfico y otras fuentes urbanas pueden entrar a las viviendas a través de la ventilación, la ropa o el calzado, y terminar acumulándose en el polvo doméstico. En ese polvo también aparecen sustancias liberadas por pinturas, muebles, estufas de gas o aparatos electrónicos.
En algunos estudios realizados en la Ciudad de México se han detectado concentraciones elevadas de metales como zinc, plomo o cobre dentro de las viviendas. Cuando el polvo se levanta al caminar o limpiar, esas partículas pueden volver al aire e ingresar al organismo por inhalación.
La exposición continua a estos contaminantes se ha relacionado con procesos inflamatorios en el cerebro y con alteraciones en neurotransmisores vinculados al estado de ánimo. Por eso algunos estudios observan asociaciones entre la contaminación crónica y un mayor riesgo de ansiedad, depresión o deterioro cognitivo.
Esto no significa que permanecer en casa sea inútil durante una contingencia, pero sí revela que la contaminación es un problema más persistente de lo que solemos imaginar y que atraviesa distintos espacios de la vida cotidiana.
Mientras los efectos en la salud se vuelven cada vez más evidentes, también crece el debate sobre la eficacia de las medidas que buscan controlar la contaminación.
Programas como el Hoy No Circula se activan con frecuencia durante las contingencias ambientales. En teoría, su objetivo es reducir temporalmente el número de vehículos en circulación para disminuir las emisiones. Sin embargo, especialistas y organizaciones civiles han señalado que estas medidas funcionan más como respuestas de emergencia que como soluciones de fondo.
El problema estructural está en la enorme cantidad de vehículos que circulan diariamente, en la falta de expansión suficiente del transporte público y en la ausencia de políticas de movilidad que reduzcan la dependencia del automóvil. Sin cambios en esos frentes, las restricciones temporales terminan funcionando como parches ante un problema mucho más amplio.
A esto se suma otro factor que debilita las estrategias ambientales: la corrupción en los centros de verificación vehicular. En distintos operativos las autoridades han clausurado verificentros por irregularidades como manipulación de resultados, emisión indebida de hologramas o alteración de pruebas.
También se han documentado prácticas informales que permiten que vehículos altamente contaminantes obtengan el holograma necesario para circular. Entre ellas aparecen pagos extra para aprobar la prueba o intermediarios que facilitan el trámite sin realizar la verificación real.
Cuando estos mecanismos fallan, el objetivo del programa pierde sentido. Vehículos con emisiones elevadas continúan circulando sin restricciones, lo que alimenta el mismo problema que las políticas públicas intentan contener.
La contaminación atmosférica en la Ciudad de México no es solo un tema ambiental. Sus efectos atraviesan la salud, la vida doméstica y la forma en que se organiza la ciudad.
El aire contaminado afecta pulmones, corazón y cerebro. También entra a los hogares y se acumula en los espacios donde dormimos, trabajamos o convivimos. Al mismo tiempo, las estrategias para reducirlo enfrentan problemas estructurales que van desde la planeación urbana hasta la integridad de los sistemas de control.
Comprender esa red de factores es fundamental para dimensionar la magnitud del problema. El aire que respiramos no se queda en la calle. Viaja con nosotros, entra a nuestras casas y forma parte de la vida cotidiana de millones de personas que habitan la ciudad.