Berlinale 2026 y el debate sobre un cine sin postura política manifiesta
Arte
Por: Carolina De La Torre - 02/14/2026
Por: Carolina De La Torre - 02/14/2026
Hay festivales que se sostienen en las películas. Y hay otros que también se sostienen en la conversación que provocan fuera de la sala. La Berlinale siempre ha sido de los segundos: un espacio donde el cine dialoga con el presente, donde la pantalla parece extenderse hasta las calles de Berlín y sus discusiones inevitablemente terminan tocando la política.
Por eso la edición 2026 se siente rara. No por lo que se dijo, sino por lo que se intentó evitar decir.
Todo comenzó con una pregunta directa al presidente del jurado, Wim Wenders, sobre el clima político actual y el papel del cine frente a conflictos que hoy dominan la conversación global. Su respuesta fue una invitación a separar las cosas: el cine —dijo— puede cambiar personas, pero no políticos; los cineastas deberían mantenerse fuera de la política.
La frase cayó pesada. No porque exija una militancia automática, sino porque viene de alguien que durante décadas pensó el cine como una forma de mirar el mundo.
La incomodidad alrededor de Wenders no nace solo de una rueda de prensa. Viene de su propio pensamiento. En The Logic of Images, su libro de ensayos sobre cine y cultura visual, Wenders reflexiona sobre cómo las imágenes moldean nuestra percepción del mundo y cómo la mirada del espectador nunca es neutral. El cine, en sus palabras y en su obra, aparece como una herramienta para entender la realidad, no para escapar de ella.
Y ahí aparece la grieta.
Porque si las imágenes transforman la forma en que vemos —y por lo tanto vivimos— el mundo, ¿puede realmente el cine mantenerse al margen de la política? Esa pregunta es la que muchos espectadores sintieron flotando después de sus declaraciones.
No se trata de una contradicción frontal, sino de algo más sutil: el Wenders que escribía sobre la responsabilidad de la mirada parece distinto del Wenders que hoy pide distancia frente al debate político.
Wenders no estuvo solo en esa postura.
Michelle Yeoh prefirió mantenerse fuera del tema político y hablar del cine como un espacio de conexión humana. Neil Patrick Harris defendió la idea de proyectos “apolíticos”, como si el arte pudiera convertirse en un lugar neutral dentro de un mundo cada vez más dividido.
Nadie dijo algo escandaloso. Nadie lanzó una declaración radical. Pero juntos construyeron un mismo tono: el deseo de moverse hacia la neutralidad.
Y esa neutralidad fue precisamente lo que empezó a hacer ruido.
Porque la Berlinale no es cualquier festival. Su historia está atravesada por posturas públicas, debates incómodos y una tradición donde el cine no solo emociona, también incomoda. Escuchar ahora una insistencia en separar arte y política resultó extraño para muchos asistentes y críticos, al punto de provocar protestas y ausencias importantes.
Quizá porque el público ya no solo mira películas; también observa a quienes las crean. Y en un momento donde todo parece exigir postura, elegir el silencio se vuelve una forma de hablar.
La discusión de este año no gira únicamente alrededor de Palestina o de una conferencia de prensa. Lo que está en juego es algo más profundo: qué esperamos del cine hoy.
¿Queremos que sea refugio? ¿Queremos que sea espejo? ¿O ambas cosas al mismo tiempo?
La paradoja es clara: intentar sacar la política del festival terminó convirtiéndose en el tema más político de la Berlinale 2026.
Quizá lo más fascinante —y también lo más incómodo— es que esta polémica revela una tensión generacional dentro del propio cine. Un humanismo que apuesta por la empatía frente a una audiencia que interpreta cada silencio como una postura.
Wenders parece defender un cine que transforma desde lo íntimo. Pero el público contemporáneo vive en un tiempo donde lo íntimo y lo político ya no están tan separados.
Y ahí está la sensación extraña que recorre el festival: no la caída de un director ni el error de una frase, sino la impresión de estar viendo cómo una vieja idea del cine —la del espacio neutral, contemplativo— choca con un presente que ya no cree demasiado en la neutralidad.
Porque, al final, incluso cuando el cine intenta no hablar de política, el mundo sigue entrando por la pantalla.