Fronteras de aire, raíces de agua: el derecho a migrar
Sociedad
Por: Carolina De La Torre - 04/03/2025
Por: Carolina De La Torre - 04/03/2025
El hombre no es esclavo de su raza, ni de su lengua, ni de su religión, ni de los cursos de los ríos, ni de la dirección de las cadenas de montañas. La nación no es un dictado del cielo ni una condena geográfica. No es la sangre ni la tierra lo que nos ata, sino la voluntad de estar juntos, el deseo de compartir algo intangible, pero vivo. Y si una nación es, como decía Renan, un plebiscito cotidiano, “¿acaso la migración no es otra forma de ese mismo acto de voluntad?” (¿Qué es una nación?, Ernest Renan, 1882). No hay traición en moverse, solo la afirmación de un derecho tan viejo como la humanidad misma.
La migración no es un capricho ni una anomalía: es una constante. No hay traición en querer otro suelo bajo los pies, otro aire en el rostro, otro horizonte en la mirada. Lo absurdo es pretender que una línea en un mapa pese más. Pero quienes dictan las leyes, quienes levantan muros y trazan fronteras con la misma facilidad con la que borran nombres de los libros de historia, se aterran ante la idea de que alguien cruce esas líneas arbitrarias con la cabeza en alto.
Renan desmonta la fantasía de la nación como una entidad eterna y sagrada. La nación no es un dogma, sino una construcción humana que existe mientras sus miembros la sostienen con su voluntad. Y si esa voluntad cambia, si el pueblo decide moverse, llevar su identidad consigo, transformarla, renovarla en otro suelo, ¿quién tiene derecho a negarlo? "Si se promueven dudas sobre sus fronteras, consulten a los pueblos disputados. Tienen completamente el derecho de tener una opinión en el asunto", escribe Renan. Pero el mundo, cegado por la arrogancia de quienes creen poseer la historia, el territorio y la vida msima de los habitantes, se resiste a escuchar.
Las fronteras son cicatrices de guerras pasadas, líneas trazadas con sangre y ambición, y sin embargo se pretende que sean sagradas y glorificadas. Se nos dice que la nación es un hogar, pero no para todos. Hay quienes pueden cruzar sin esfuerzo, quienes llevan el pasaporte correcto y la piel adecuada, y luego están los otros: los que deben justificarse, los que deben mendigar su pertenencia. La migración no es una invasión, sino un recordatorio incómodo de que las naciones son acuerdos desmoronables, que el derecho a moverse es tan legítimo como el derecho a quedarse.
Los poderosos se ríen de estas ideas que Renan escribió ya en 1882:
Consultar a los pueblos, ¡qué ingenuidad! Estas endebles ideas francesas pretenden remplazar la diplomacia y la guerra con una simplicidad infantil.
Para ellos, el mundo se divide entre quienes tienen derecho a moverse y quienes deben quedarse en su sitio, con la cabeza gacha. Pero a pasos lentos y casi imperceptibles. Los muros caen, las fronteras se redibujan, los imperios se desmoronan. Y al final, solo quedaría lo esencial: el hombre elige su camino, busca su hogar, traza su propia nación en el suelo que pisa. Y eso, más que cualquier frontera, es lo que realmente perdura.