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Piensa en una bruja. Si tienes la imagen del sombrero puntiagudo, escoba y el gato negro, ahora sabes cómo lucían las mujeres cerveceras en la época Medieval.

Durante mucho tiempo, hacer cerveza fue un oficio de mujeres. La elaboración de esta bebida formaba parte de las tareas domésticas y en la Edad Media, tabernas y mesones estuvieron entre los pocos negocios que manejaban las mujeres.  

Cuando una de ellas lograba una cerveza de buena calidad, la llevaba a vender al mercado. Con este ingreso extra, las mujeres conocidas como Alewives podía marcar la diferencia para cualquier familia, pero se volvía todavía más importante para quienes eran viudas.

Facha cervecera

La imagen que vive en el imaginario social de las brujas suele cumplir con cinco características: el sombrero puntiagudo, vestimenta negra, una escoba, un caldero y un gato como acompañante. Facherita. 

Pero lo cierto es que antes de que se les acusara de brujas, las mujeres que vestían de esta forma hacían otro tipo de magia, fabricaban las bebidas espirituosas que nos han alegrado en más de una ocasión.  

La razón de tal fachada cervecera era por lo siguiente: el mercado –donde se vendía tal brebaje– exigía distinguirse entre el bullicio, y las cerveceras llevaban sobre sus cabezas llevaban sombreros puntiagudos, pensados para que los clientes las ubicaran de lejos entre la multitud. 

Cargaban también una marmita o pocillo para llevar la cerveza. La escoba además de ser una aliada de la limpieza era una mensajera que informaba a los parroquianos cuando la cerveza estaba lista, pues la asomaban por alguna abertura de la fachada como señal para todo el vecindario.

Por último, los gatos. Desde los primeros tiempos de la chela, las ratas y ratones fueron los indeseados número uno de quienes la producían, pues devoraban el grano y propagaban enfermedades. Los gatos se convirtieron entonces en acompañantes indispensables, capaces de mantener los graneros a salvo. 

Mala fama

El negocio de la cerveza siempre ha sido muy próspero –desde que Gambrinus nos iluminó el camino a cambio de su corazón roto– y más en manos tan hábiles como la de las mujeres del medioevo; sin embargo como en todos lados y en todos tiempos, la ambición, la religión y el machismo le dieron una vuelta al asunto.  

A inicios del siglo XVI, con el avance de la Reforma protestante, se impusieron normas mucho más rígidas sobre el comportamiento de las mujeres, y una de ellas era mantenerse lejos del alcohol. Fue a partir de ahí que, las cerveceras empezaron a cargar con una reputación negativa y que algunos cerveceros varones vieron la oportunidad de acusar a sus competidoras de brujería. 

Dicen que el rumor tiene alas y por ello vuela con pies de pluma y en este caso, hizo lo propio. En comunidades donde la superstición tenía terreno fértil, la imagen de la bruja terminó por construirse a partir de la vestimenta que durante siglos había identificado a las productoras de cerveza.

La imprenta remató la narrativa y los cuentos populares sobre brujas comenzaron a ilustrarse con mujeres vestidas de negro, un caldero, sombrero puntiagudo, escoba y un gato. 

Al final del día –y de nuestros días– el verdadero hechizo fue convertir grano, agua y tiempo en un oficio propio, en un ingreso digno, en una forma de existir con independencia dentro de un mundo que rara vez se los permitía. Esas son las brujas que no hicieron magia, pero que durante siglos nos han hecho sentir encantados.


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