Es 1958 y un joven de 26 años pide dinero prestado a su madre para comprar una cámara y viajar a la Unión Soviética. No sabe nada de fotografía, no ha tomado clases y de hecho no tiene planeado. Solo quiere saber y conocer y es en ese viaje, casi accidental, donde comienza la carrera de Duane Michals, uno de los fotógrafos más singulares del siglo XX, que murió el pasado 9 de junio en Nueva York, la ciudad que habitó durante toda su vida adulta. Tenía 94 años y la noticia fue confirmada por la galería DC Moore, que representaba su obra desde 2013.
Michals nació en 1932 en McKeesport, Pensilvania, en una familia obrera. De niño tomó clases de acuarela en el Instituto Carnegie de Pittsburgh, su primer acercamiento al arte. Más tarde estudió Bellas Artes en la Universidad de Denver y se mudó a Nueva York para iniciar un posgrado en diseño en la Escuela Parsons, que abandonó antes de terminar.
La fotografía llegó durante aquel viaje a la URSS. Michals nunca tomó una clase formal de fotografía y es que todo lo que sabía lo aprendió solo, a fuerza de probar, fallar y volver a intentarlo. Esa falta de formación se convirtió en su mayor libertad, pues no tenía reglas que romper porque nunca las había aprendido.

Hacia mediados de los años sesenta, en plena era del fotoperiodismo y del "momento decisivo" que predicaba Henri Cartier-Bresson, Michals decidió ir en la dirección contraria. No le interesaba documentar lo que pasaba frente a la cámara, sino lo que ocurría dentro de la cabeza de las personas: sus sueños, sus miedos, su deseo, su relación con la muerte.
En 1966 comenzó a encadenar varias fotografías en secuencias, como si cada serie fuera una pequeña película muda. Tres años después dio el paso que lo definiría para siempre: empezó a escribir, a mano, directamente sobre sus copias. Frases breves, íntimas, a veces tristes, a veces con humor, que no explicaban la imagen sino que la completaban, o la contradecían.
Trabajaba sin estudio, con luz natural y poco equipo, casi siempre en espacios domésticos. Construía pequeñas escenas y dirigía a quienes tenía frente al lente —amigos, modelos, o él mismo—.
Sus copias, además, eran deliberadamente pequeñas, casi como objetos privados que el espectador tenía que acercarse a ver. Mientras tanto, sostenía su vida trabajando para revistas como Vogue, Esquire y Life, un trabajo comercial que, en lugar de limitarlo, le dio la estabilidad para experimentar sin presiones en su obra personal.
De ese método nacieron algunas de las piezas más recordadas de la fotografía contemporánea. Sequences (1970) fue el libro que anunció al mundo su forma de narrar con imágenes. En The Fallen Angel y The Spirit Leaves the Body convirtió la muerte en algo casi visible, casi fotografiable. Chance Meeting tiene el ritmo de una escena de cine que el espectador termina de armar en su cabeza. Y en This Photograph Is My Proof, quizá su obra más citada, escribió sobre el amor y su final inevitable directamente sobre el papel, como una nota que se deja antes de partir.
También está A Letter from My Father, un ajuste de cuentas íntimo con su pasado familiar, y la serie Real Dreams (1976). A esto se suma su trabajo como retratista de figuras como René Magritte, Marcel Duchamp y Andy Warhol, y su libro Foto Follies (2006), donde se permitió burlarse, con ironía, del mismo mercado del arte que durante años lo mantuvo al margen.

Una de sus mayores aportaciones al mundo de la fotografía fue cambiar las reglas a partir de desconocerlas y demostrar que una cámara también es un pincel para dibujar y colorear aquello que no podemos ver: el deseo, el tiempo, la memoria y la muerte.
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