La reciente controversia alrededor de la Casa Ramón López Velarde —el espacio cultural de la colonia Roma que podría cambiar de nombre y vocación bajo un proyecto de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México— encendió los ánimos de escritores, vecinos y gestores culturales.
El poeta Ernesto Lumbreras no tardó en calificar la decisión como "un oprobio mayor a la poesía mexicana" y una "ocurrencia más desde el autoritarismo".
Por su parte, el escritor Marco Antonio Campos advirtió que abandonar el nombre del zacatecano implicaría borrar una parte de la memoria literaria de la capital. El detonador de tanta indignación fue una sola palabra: cabaret.
Pero, ¿qué imagen evoca ese término y cuánto de ella corresponde a la realidad histórica?
El Diccionario de la Lengua Española define el cabaret como un establecimiento nocturno donde se sirven alimentos y bebidas mientras el público presencia espectáculos de variedades: música, danza, canto o comedia. La definición es funcional, pero un tanto escueta, pues omite lo más interesante: que durante décadas, el cabaret fue uno de los pocos espacios donde las clases populares podían ver reflejadas sus ideas, sus frustraciones y su humor en un escenario.
Derivada del término chambrette, —"cuarto pequeño"—, la palabra tiene raíces medievales existe en el francés desde el siglo XIII. Sin embargo, su significado moderno no se cuajó sino hasta 1881, cuando un poeta aficionado llamado Rodolphe Salis abrió las puertas de un local en Montmartre, en el norte de París, y lo bautizó con el nombre de un gato.
El origen del nombre no es uno solo y por eso es interesante. Hay quienes sostienen que fue un homenaje a Edgar Allan Poe; otros aseguran que Salis simplemente tomó prestado el nombre de un gato flaco y hambriento que merodeaba el lugar. Sea cual fuere la historia detrás del bautizo, Le Chat Noir —"El Gato Negro"— se convirtió en algo mucho más grande que una cantina con pretensiones literarias.
En el París de finales del siglo XIX existía una jerarquía social muy clara en los espacios de consumo. Mientras la cafetería era territorio de la clase media; la taberna o bistrot pertenecía de los sectores populares. El cabaret surgió como un híbrido: un lugar donde se comía y bebía, pero donde también cabían las ideas. La mente poeta de Salis rápidamente lo entendió y explotó.
Su primera jugada fue invitar a los integrantes de Les Hydropathes, un colectivo de artistas y escritores bohemios liderado por el poeta Émile Goudeau, a usar el local como base de operaciones. El grupo aceptó y comenzó a producir desde ahí el diario homónimo Le Chat Noir, una publicación que mezclaba crónicas de sus andanzas con semblanzas de sus propios miembros.
Sobre el pequeño escenario del local se presentaba cada noche un espectáculo diferente. Salis no pagaba a los artistas con dinero, sino con bebidas y el trueque funcionó. La reputación del lugar creció porque lo que se ofrecía no era entretenimiento vacío, sino humor político, crítica social y experimentación artística.
Durante 17 años, el local fue el corazón de la vida bohemia del barrio de Montmartre. Por sus mesas pasaron el pintor Paul Signac, padre del puntillismo, y el poeta simbolista Paul Verlaine, quien dejó escrito un poema en una servilleta del lugar.
El lugar desapareció tras la muerte de Salis, pero no fue olvidado. Por el contrario, su origen fue tan fuerte e impactante que al día de hoy, sigue causando escozor.

El debate alrededor de la Casa Ramón López Velarde ilustra un problema más profundo: la dificultad de separar una palabra de las asociaciones que ha acumulado con el tiempo. El cabaret del imaginario popular mexicano remite a lentejuelas, picardía y vida nocturna. El cabaret histórico —el de Montmartre o el de Berlín de los años veinte— era otra cosa: un espacio de irreverencia, de crítica al poder y de comunidad intelectual que se construyó desde abajo.
Si la polémica sirve para algo, quizá sea para recordar que los espacios culturales no tienen dueño definitivo y que las palabras, como los recintos, pueden cargarse de historia o vaciarse de ella dependiendo de quién las usa.