La cabecita romana que apareció en una pirámide del Estado de México
Arte
Por: Carolina De La Torre - 03/20/2026
Por: Carolina De La Torre - 03/20/2026
Un hallazgo encontrado en una pirámide en el actual Estado de México, está causando revuelo en internet por lo que releva; a simple vista podría parecer un objeto más dentro de una ofrenda prehispánica, pero sus rasgos cuentan otra historia.
La llamada cabecita de Tecáxic-Calixtlahuaca fue descubierta en 1933 por el arqueólogo José García Payón durante trabajos de excavación y consolidación en la zona. La pieza apareció dentro de una ofrenda funeraria, acompañada de objetos claramente mesoamericanos: cerámica, huesos, turquesa, cristal de roca, cobre y oro. Todo formaba parte de un contexto bien definido, ubicado debajo de varios pisos intactos de una estructura piramidal, lo que hacía poco probable que alguien hubiera intervenido ese espacio en épocas posteriores.
El problema no estaba en el lugar donde apareció, sino en la pieza misma. La figura representa una cabeza masculina con barba y facciones que no corresponden a los estilos prehispánicos conocidos. Esa diferencia encendió una pregunta que sigue vigente: ¿qué hacía un objeto así en un contexto mesoamericano del siglo XV?
A finales de los años cincuenta, el etnólogo Robert von Heine Geldern fue de los primeros en señalar la posible relevancia del hallazgo. Poco después, el arqueólogo alemán Ernst Boehringer propuso que la pieza era de origen romano, fechándola entre los siglos II y III d.C. Esto abría una brecha difícil de explicar, porque el resto de la ofrenda correspondía al periodo azteca-matlatzinca, varios siglos después.
Esa discrepancia generó dudas. Durante el Congreso Internacional de Americanistas en Viena en 1960, la cabecita fue discutida, pero no logró aceptación general como evidencia de contactos entre Europa y América antes de la llegada de Colón. La idea era sugerente, pero también incómoda para la narrativa histórica más aceptada.
Décadas más tarde, en 1995, un análisis de termoluminiscencia realizado en el Laboratorio de Arqueometría de Heidelberg arrojó un nuevo dato: la pieza había sido fabricada en algún momento entre el siglo II a.C. y el VI d.C. A esto se sumaron estudios de especialistas en arte romano de instituciones como el Museo Británico y el Museo Metropolitano de Arte, quienes coincidieron en que el estilo era compatible con el mundo romano.
Entonces, si la pieza es antigua y su contexto arqueológico parece intacto, la pregunta cambia de forma. Ya no se trata solo de si es auténtica, sino de cómo llegó ahí.
Algunas hipótesis miran hacia prácticas internas de Mesoamérica. Se sabe que en distintos periodos hubo reutilización de objetos antiguos, como piezas olmecas que reaparecen siglos después en contextos mexicas. Este tipo de circulación de objetos podría explicar por qué una pieza mucho más antigua termina formando parte de una ofrenda posterior.
Otras ideas son más arriesgadas. Se ha planteado la posibilidad de contactos transoceánicos previos a la conquista, viajes que habrían conectado de alguna manera Europa con América. En este sentido, el hallazgo de asentamientos romanos en las Islas Canarias ha sido utilizado como un punto de referencia para imaginar rutas más amplias. Sin embargo, estas teorías siguen siendo debatidas y no forman parte del consenso histórico.
La cabecita de Tecáxic-Calixtlahuaca no ofrece una respuesta definitiva, pero sí abre una pregunta interesante en la forma en que entendemos el pasado. Obliga a mirar con más atención los objetos, los contextos y las historias que damos por cerradas. A veces, una pieza pequeña basta para incomodar siglos de certezas.