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Arqueólogos del INAH identificaron seis ofrendas colocadas simultáneamente en el Templo Mayor durante el gobierno de Motecuhzoma Ilhuicamina. El hallazgo incluye 83 figurillas de piedra verde, esculturas monumentales y miles de objetos marinos transportados desde las costas del Atlántico

Un nuevo hallazgo arqueológico en el corazón de la antigua Tenochtitlan permite asomarse a una de las ceremonias rituales más impresionantes realizadas por los mexicas hace más de cinco siglos. Investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) identificaron un conjunto de ofrendas que, por su tamaño, complejidad y riqueza simbólica, sugiere un ritual de enorme escala realizado durante el gobierno de Motecuhzoma Ilhuicamina en el siglo XV.

El descubrimiento forma parte de las investigaciones del Proyecto Templo Mayor, que desde hace décadas explora los restos del principal recinto sagrado de los mexicas, ubicado bajo el actual Centro Histórico de la Ciudad de México. En esta ocasión, el equipo arqueológico logró reunir evidencia que permite reconstruir un momento ritual único: la colocación simultánea de seis depósitos ceremoniales alrededor de la gran pirámide del Templo Mayor.

Un ritual que rodeó toda la pirámide

Durante años, los arqueólogos habían encontrado ofrendas aisladas en distintos puntos del recinto. Sin embargo, los hallazgos recientes permitieron conectar esas piezas como parte de un mismo evento ceremonial.

Las nuevas excavaciones localizaron tres depósitos rituales adicionales, conocidos como ofrendas 186, 187 y 189. Estas coinciden en contenido y temporalidad con otras tres descubiertas décadas atrás. En conjunto forman un círculo alrededor del basamento del Templo Mayor, lo que indica que todas fueron colocadas durante una misma ceremonia.

Los especialistas consideran que este evento ocurrió entre 1440 y 1469, durante el gobierno de Motecuhzoma Ilhuicamina, uno de los gobernantes que consolidó la expansión política y militar del imperio mexica.

La escena debió ser imponente. Sacerdotes, autoridades y una multitud de fieles reunidos en el recinto sagrado mientras se depositaban objetos rituales, esculturas, semillas, conchas marinas y otros dones destinados a las deidades.

Figurillas de piedra verde traídas como botín de guerra

Uno de los elementos más llamativos del hallazgo es el conjunto de 83 figurillas talladas en piedra verde que fueron colocadas dentro de cofres de piedra llamados tepetlacalli.

Estas esculturas pertenecen al estilo Mezcala, originario de la actual región de Guerrero. Su presencia en el Templo Mayor indica que probablemente fueron llevadas a Tenochtitlan como botín de guerra después de campañas militares en esa zona.

Los investigadores creen que el propio Motecuhzoma ordenó dedicar estas piezas al recinto sagrado como parte de un acto político y religioso. En otras palabras, no solo se trataba de una ofrenda a los dioses, sino también de una forma de mostrar el poder y la expansión del imperio mexica.

Algunas de estas esculturas ya eran antiguas incluso en tiempos mexicas. Varias tenían más de mil años de antigüedad cuando fueron colocadas en el templo, lo que sugiere que eran consideradas reliquias valiosas.

Mover esculturas de una tonelada

La magnitud del ritual también puede medirse por el esfuerzo físico que implicó su preparación.

Entre los objetos depositados hay esculturas de gran tamaño que pesan entre 600 y 1,000 kilogramos. Para moverlas hasta el Templo Mayor, los mexicas habrían utilizado cuerdas, palancas y rodillos de madera, un sistema de transporte que requería la coordinación de numerosos trabajadores.

Una vez colocadas, varias de estas piezas fueron pintadas con pigmentos rojos y blancos y modificadas con rasgos asociados al dios Tláloc, como anteojeras o colmillos simbólicos.

Este proceso no solo transformaba los objetos, también los integraba a la cosmovisión religiosa mexica.

Conchas del Atlántico y animales transportados vivos

Otro aspecto que sorprendió a los investigadores es la presencia de miles de restos marinos dentro de las ofrendas.

Entre ellos destacan caracoles de especies que habitan en las costas del Atlántico. Algunos conservaban aún el periostraco, una capa orgánica que los moluscos pierden poco tiempo después de morir. Este detalle sugiere que muchos pudieron haber sido transportados vivos hasta Tenochtitlan.

Para lograrlo, los mexicas habrían utilizado contenedores con agua salada durante el traslado, lo que revela la existencia de rutas comerciales y logísticas capaces de movilizar especies marinas desde regiones costeras hasta el centro del imperio.

Además de los caracoles, los depósitos contenían semillas, copal, chapopote, conchas y restos de peces sierra, elementos que formaban parte de complejas ofrendas dedicadas a las deidades.

Una ventana a la religiosidad mexica

La investigación continúa mientras especialistas trabajan en la limpieza, estabilización y conservación de las piezas. Muchas de ellas aún conservan pigmentos originales que deben ser tratados con extremo cuidado.

Una vez concluido este proceso, los arqueólogos planean reunir por primera vez las seis ofrendas en una exposición en el Museo del Templo Mayor. Esto permitirá observar en conjunto un ritual que hasta ahora solo podía imaginarse a partir de hallazgos dispersos.

Más que una simple acumulación de objetos, estas ofrendas revelan la compleja red de creencias, conquistas, rutas comerciales y símbolos que sostenían el mundo mexica.

Cada pieza recuperada recuerda que, bajo las calles del actual Zócalo, todavía permanece una parte viva de la antigua Tenochtitlan.


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Imagen de portada: INAH