La vida no es más que la consecuencia de nuestros propios actos, responsabilizarnos de ellos es lo que nombramos decisiones y el significado de esas decisiones es lo que valoramos como existencia.
Este es el camino de los primeros tres años de una niña autonombrada Dios, el centro del universo; Amelie y los Secretos de la Lluvia es la travesía del egocentrismo, el principio del placer, pasando por la angustia, la muerte, el existencialismo y terminando en el Carpe Diem. Todo en medio de una estética impresionista que, a simple vista, parece ser sólo dibujitos.
El prólogo de la película dirigida por Maïlys Vallade, Liane-Cho Han inicia con la narradora asegurando que Dios es un tubo, y que ella es Dios; un tubo que sólo recibe y deja pasar, sin voluntad ni acción; esto es equiparable a lo que Sigmund Freud definió como el principio del placer y el narcisismo primario.
El fundador del psicoanálisis aseguraba que la mente busca el placer y evita el dolor, la satisfacción inmediata de sus pulsiones sin tener en cuenta la realidad externa porque aún no la conoce, y esta condición es más dominante en los primeros años de vida, igual que el narcisismo primario, donde el mundo gira en torno al propio cuerpo y sus necesidades, esta etapa es antes de que el amor y la atención se dirijan hacia el mundo exterior, antes sólo somos un “Dios Tubo” que recibe, consume y expulsa; una metáfora sofisticada y casi poética de los primeros años de vida.
Amelie se ve como Dios, igual que todas las niñas y niños en sus primeros años de vida, y para ella es muy frustrante que nadie la entienda, porque su realidad es que el mundo exterior se tiene que adaptar a ella y no ella al exterior; hasta que conoce el chocolate blanco y a su abuela; en ese momento se da cuenta de que el placer también puede existir desde afuera, y que hay personas que sí pueden comprenderla y tratarla como una igual, no (sólo) como una niña.
El mundo de Amelie se abre y descubre que casi nada es como idealmente le gustaría: sus papás no están a la altura de sus expectativas, su hermano la molesta y su hermana es muy mayor para tener cercanía con ella, su abuela se va y la frustración regresa. Y encuentra un refugio en Nishio-san, alguien que también la comprende y comparte su vida con ella. Es en la convivencia y la cercanía donde se retroalimentan y descubren que la sabiduría y el aprendizaje no se trata de edades, sino de experiencias y perspectivas, porque como dice la psicóloga Estrella Méndez: “somos lo que construimos”.
Nishio-san y Amelie, aprenden una de la otra y construyen un vínculo basado en el amor y comprensión, un amor invaluable que me recuerda algo que perdí hace algunas décadas y por eso me la pasé llorando toda la película.
Amélie et la métaphysique des tubes expone la importancia de los vínculos, los símbolos y la comunicación horizontal en la formación de la identidad, porque la memoria no es un lugar neutro, de lo contrario, la melancolía no ocuparía un espacio importante en nuestra propia narrativa, es decir, como nos contamos nuestra propia historia a partir de esos recuerdos valiosos.
La mujer japonesa y la niña belga se la pasan increíble bajo la lluvia, estanques con carpas, amaneceres, libros, aprendizaje y diversión hasta que la realidad las alcanza, las condiciones materiales y culturales se hacen presentes y tienen que separarse; y aquí es donde Amelie aprende que la vida es más compleja de lo que parece.
Jean Paul Sartre asegura que necesitamos de la mirada del otro para existir y ser reconocidos (como ya lo expuse en mi reseña de Arco), pero también habla de La Angustia, el vértigo de la libertad: el existencialista francés asegura que todas y todos estamos condenados a ser libres, pero no podemos escapar a la responsabilidad de nuestras decisiones; al elegir tenemos el riesgo de equivocarnos, no es miedo, es incertidumbre por no saber lo que nos espera del otro lado de cada decisión.
La angustia es inseparable a la libertad, nos muestra que no hay destino fijo, que no todo está dicho pero que todo es finito, la mayor amenaza de cada decisión es la muerte, pero también es la puerta a una vida auténtica porque nos recuerda que sólo nosotros somos responsables de darle sentido a nuestra existencia; esa es la mayor lección de Amelie: los cambios son inevitables en un mundo lleno de personas que todo el tiempo están tomando decisiones fuera de su control y ahí es donde aprende que no es Dios, ni es un tubo que sólo recibe, consume y expulsa.
Amelie tiene que tomar una decisión trascendental: seguir viva, o no; aceptar la realidad en la que vive o permanecer en el limbo de la idealización. Porque no basta con tener vida, sino preservarla; no basta con formar vínculos, sino cuidarlos; no basta con saber, sino elegir qué hacer con eso que ahora sabe. Es ahí donde elije existir, no sólo vivir, dejar a un lado lo divino para elegir lo humano, la sensibilidad, el dolor y el amor, lo finito, la muerte, elige Carpe Diem: vivir el momento.
La película nominada en los Premios Oscar 2026 se vale de la muerte para valorar la vida, lo único que tenemos es el presente; es tomar la angustia de la existencia y aceptar que la libertad conlleva elegir y actuar, vivir intensamente el presente porque cada momento es irrepetible, igual que las personas que nos rodean.
Es aceptar y valorar la compañía bajo la misma lógica de que quienes nos rodean y aman, también eligen hacerlo, es ahí donde está la autenticidad de la libertad: elegir con quién y cómo estar; nuestras relaciones son producto de nuestras decisiones, y nosotros somos parte de esa red de elecciones individuales compartidas; Amelie descubre a los tres años de vida, que su existencia e identidad se construyen entre la melancolía de lo perdido y la libertad de lo elegido.
Amelie y los Secretos de la Lluvia es una invitación a replantearnos nuestra forma de vida adulta a través de la perspectiva y sabiduría infantil; una obra cinematográfica conmovedora llena de colores, ironía y reflexión sobre nuestras heridas, responsabilidades, expectativas y decisiones. Un mandato a vivir cada día con intensidad y me atrevería a decir: con congruencia.