De acuerdo a estudio la meditación no te relaja: cambia tu cerebro
Salud
Por: Carolina De La Torre - 02/16/2026
Por: Carolina De La Torre - 02/16/2026
Durante años se ha repetido la idea de que meditar es “poner la mente en blanco”. Como si el objetivo fuera apagar el ruido interno y entrar en una especie de pausa mental. Pero un estudio reciente con monjes budistas expertos sugiere algo muy distinto: cuando meditamos, el cerebro no se apaga. Se reorganiza.
La investigación, publicada en Neuroscience of Consciousness, analizó la actividad cerebral de 12 monjes de la tradición tailandesa del bosque, una de las ramas más antiguas del budismo Theravada. Todos viven en el monasterio de Santacittārāma, cerca de Roma, y acumulaban más de 15 mil horas de práctica. No eran personas aprendiendo a respirar mejor. Eran mentes entrenadas durante años.
Para registrar lo que ocurría en sus cerebros, el equipo científico utilizó magnetoencefalografía (MEG), una técnica que detecta los campos magnéticos generados por la actividad eléctrica neuronal con altísima precisión temporal. Los monjes pasaron por periodos de descanso y por bloques de dos prácticas distintas: Samatha y Vipassana.
Samatha implica sostener la atención en un solo punto, como la respiración, hasta estabilizar la mente. Vipassana, en cambio, propone observar lo que aparece en la experiencia momento a momento, sin intervenir: pensamientos, emociones, sensaciones físicas. Una concentra. La otra abre.
Lo interesante no es solo que ambas prácticas modificaran la actividad cerebral, sino cómo lo hicieron.
Los investigadores midieron distintos indicadores relacionados con la complejidad de las señales neuronales. Y encontraron que, en comparación con el reposo, el cerebro en meditación mostraba patrones más complejos. Esto significa que no estaba “más tranquilo” en el sentido de menor actividad, sino funcionando con una organización más rica y dinámica.
IMPACTANTE🤯
— Matias (@matias_rigby) December 22, 2024
Durante décadas, la ciencia se burlaba de la espiritualidad.
Entonces, un grupo de monjes tibetanos participó en un estudio que dejó a los neurocientíficos sin palabras.
Sus cerebros revelaron algo que nadie esperaba.
Aquí está la historia completa: pic.twitter.com/vPWP0txxTw
Uno de los conceptos clave del estudio es el de “criticidad”. Puede sonar técnico, pero la idea es sencilla: el cerebro funciona mejor cuando se encuentra en un punto intermedio entre el orden absoluto y el caos total. Si todo es demasiado rígido, pierde capacidad de adaptación. Si todo es demasiado inestable, pierde coherencia. En ese equilibrio óptimo, las redes neuronales pueden procesar información con eficiencia y flexibilidad.
Lo que observaron los científicos es que la meditación acerca al cerebro a ese punto de equilibrio. Pero no de la misma manera en cada técnica. Vipassana tendía a empujar la actividad cerebral más cerca de ese estado crítico, favoreciendo una mayor flexibilidad. Samatha, por su parte, generaba un patrón más estable y focalizado.
Es decir, no existe “la” meditación como una experiencia uniforme. Cada práctica configura la mente de forma distinta.
También se detectaron cambios en ciertas oscilaciones cerebrales vinculadas al procesamiento intenso de estímulos externos. En los monjes más experimentados, algunas de estas señales disminuían durante la práctica, lo que sugiere que su cerebro no necesitaba tanto esfuerzo para sostener la atención. Después de miles de horas, la regulación parece volverse más eficiente.
Este punto es importante: el estudio no habla solo de relajación. Habla de reorganización funcional. De un cerebro que aprende a operar con mayor equilibrio. Y ese equilibrio está asociado con mejores capacidades de aprendizaje, adaptación y respuesta frente a estímulos nuevos.
Otras investigaciones en contextos budistas, particularmente en tradiciones tibetanas, han encontrado algo complementario: durante la meditación también cambia la interacción entre el cerebro y el corazón. En meditadores expertos, la respuesta cerebral al latido cardíaco disminuye, lo que algunos científicos interpretan como una menor autorreferencia, una mente menos centrada en el “yo” y más abierta a la experiencia directa.
En conjunto, estos hallazgos dibujan una imagen más compleja de lo que significa meditar. No es evasión. No es desconexión. Es entrenamiento atencional y emocional con efectos medibles en la dinámica neuronal.
Que hoy podamos observar estos cambios con tecnología avanzada no invalida la tradición milenaria que los practicó durante siglos sin escáneres ni algoritmos. Más bien abre un puente interesante: la ciencia empieza a describir con números y gráficos lo que las prácticas contemplativas habían explorado desde la experiencia interna.
Quizá la idea más potente que deja este estudio es esta: meditar no consiste en dejar la mente vacía, sino en enseñarle a encontrar un equilibrio más inteligente entre estabilidad y flexibilidad. Y ese equilibrio, lejos de ser místico, tiene una base biológica concreta.