A inicios de 2026, cuando la agenda internacional vuelve a estar marcada por la confrontación abierta, Groenlandia reaparece como una pieza estratégica en el tablero de Washington. El interés de Estados Unidos por la isla más grande del mundo tiene raíces profundas y responde a una combinación constante de geopolítica, seguridad y recursos naturales.
El interés estadounidense por Groenlandia no es reciente; por el contrario, se remonta al siglo XIX. Tras la compra de Alaska a Rusia en 1867, el entonces secretario de Estado, William Seward, comenzó a ver al Ártico como una extensión natural de la influencia estadounidense. Un informe oficial de 1868 ya describía a Groenlandia como un territorio con enormes riquezas pesqueras, animales y minerales, además de una ubicación clave para el control del hemisferio norte.
Desde entonces, distintos gobiernos en Washington han intentado, sin éxito, incorporar la isla a su esfera directa de control. En 1910 se planteó incluso un complejo intercambio territorial con Dinamarca y Alemania. Todos esos planes fracasaron, pero el interés nunca desapareció.

Groenlandia cobró un valor decisivo durante la Segunda Guerra Mundial. Con Dinamarca ocupada por la Alemania nazi en 1940, Estados Unidos utilizó la Doctrina Monroe como argumento para asegurar la isla. En 1941 firmó un acuerdo que le permitió instalar bases militares y operar libremente en el territorio.
Durante el conflicto, Groenlandia fue clave por dos razones, la primera, por sus yacimientos de criolita —esenciales para la industria aeronáutica— y la segunda, por sus estaciones meteorológicas, fundamentales para planear operaciones militares en Europa. Al terminar la guerra, Washington no tenía intención de retirarse del todo.
Con el inicio de la Guerra Fría, la isla pasó a ser vista como un punto intermedio crucial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Funcionarios del Departamento de Estado y del Pentágono llegaron a calificar a Groenlandia como “indispensable” para la seguridad nacional.
En 1946, Washington ofreció de forma discreta 100 millones de dólares en oro a Dinamarca para comprar el territorio. También se evaluó intercambiar tierras ricas en petróleo en Alaska por partes de la isla. Ninguna de estas propuestas prosperó, pero consolidaron la idea de que Groenlandia era un activo estratégico irrenunciable.
Durante su primer mandato, Donald Trump revivió abiertamente la posibilidad de adquirir Groenlandia. Aunque el gobierno local respondió de manera tajante que la isla “no está en venta”, el tema regresó con fuerza a finales de 2024. Trump aseguró entonces que, por razones de seguridad nacional y libertad global, Estados Unidos necesita la propiedad y el control del territorio.
En marzo de 2025, el vicepresidente J. D. Vance viajó a la isla y dejó claro que Washington busca cambios en la relación política entre Groenlandia y Dinamarca, aunque reconoció que cualquier decisión debe pasar por la voluntad de los groenlandeses.
Las razones de fondo no han cambiado en más de un siglo: la ubicación geográfica y los recursos naturales. Groenlandia se encuentra en una posición clave en el Ártico, una región cada vez más relevante por el deshielo, las nuevas rutas comerciales y la competencia entre potencias como Estados Unidos, Rusia y China.
A ello se suma su potencial minero, que incluye tierras raras y otros materiales estratégicos para la industria tecnológica y militar, elementos centrales para la llamada “seguridad económica” que Trump ha puesto en el centro de su discurso.

La isla ha sido hogar durante siglos de comunidades inuit que han desarrollado formas de vida adaptadas a uno de los entornos más extremos del planeta. Sin embargo, históricamente estas poblaciones han quedado al margen de los cálculos geopolíticos.
Desde 1953, Groenlandia forma parte formal de Dinamarca. Obtuvo autonomía en 1979 y autogobierno en 2009, aunque asuntos clave como política exterior, defensa y moneda siguen bajo control danés. Las reiteradas declaraciones de Trump reavivan un debate sensible sobre el equilibrio entre la herencia colonial, el impulso independentista y la presión de las grandes potencias.