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Un recorrido por los episodios en los que la final de la NFL reveló su dimensión política y cultural

Hay eventos que se presentan como neutrales en em ámbito político y social, como si existieran en una burbuja de luces, música y consumo pop. El Super Bowl es uno de ellos. Cada febrero, más de cien millones de personas se sientan frente a una pantalla para ver fútbol americano, anuncios millonarios y un show de medio tiempo que define la cultura pop del año. A simple vista, es entretenimiento puro. Pero basta mirar su historia con atención para entender que el Super Bowl nunca ha sido apolítico.

Desde su primera edición en 1967, en plena Guerra Fría, la final de la NFL ha funcionado como un escenario donde Estados Unidos se mira a sí mismo: sus miedos, sus guerras, sus luchas internas, sus intentos de unidad. No es solo un partido. Es un ritual nacional. Y todo ritual social es, en el fondo, político.

Patriotismo, guerra y el nacimiento de un símbolo nacional

El Super Bowl nació como un evento para unificar al país alrededor de un pasatiempo común. Muy pronto, esa función de cohesión se mezcló con una puesta en escena cargada de símbolos nacionales: banderas gigantes, sobrevuelos militares, homenajes a veteranos, el himno como momento solemne.

Ese vínculo se volvió decisivo después del 11 de septiembre de 2001. El Super Bowl XXXVI, en febrero de 2002, fue una ceremonia de duelo nacional: U2 proyectó los nombres de las víctimas y el partido funcionó como un acto de unidad pública. Desde entonces, el evento fue clasificado como Evento Nacional de Seguridad Especial.
En 2009, el patriotismo dejó de ser solo simbólico. El Pentágono comenzó a pagar a la NFL por homenajes a las tropas como estrategia de comunicación institucional durante las guerras de Irak y Afganistán. Ese mismo año, la liga obligó a los jugadores a permanecer en el campo durante el himno. Sin buscarlo, estaba creando el escenario para una de sus mayores crisis políticas.

Como advirtió Norman Mailer durante la guerra de Irak, la fusión entre bandera y deporte crea una zona peligrosa. En el Super Bowl, la línea entre homenaje y propaganda siempre ha sido frágil.

Cuando la liga tomó partido: derechos civiles y decisiones incómodas

Aunque hoy se asocia la politización del deporte con protestas recientes, uno de los primeros grandes gestos políticos del Super Bowl ocurrió en 1991. La NFL decidió retirar la sede del Super Bowl XXVII de Arizona después de que los votantes rechazaran instaurar el Día de Martin Luther King Jr. como feriado oficial.

No fue un gesto simbólico menor. La decisión le costó al estado alrededor de 200 millones de dólares en pérdidas económicas. Fue una demostración clara de que una liga deportiva podía usar su poder para presionar en un tema de derechos civiles. Arizona terminó aprobando la festividad y recuperó el Super Bowl en 1996. Era una señal temprana de que el evento no solo reflejaba la política: también podía influir en ella.

Kaepernick y la ruptura del consenso

En 2016, el Super Bowl ya era el mayor escaparate mediático del país. Fue entonces cuando un gesto silencioso rompió el equilibrio.

Colin Kaepernick, quarterback de los San Francisco 49ers, decidió arrodillarse durante el himno nacional para protestar contra la brutalidad policial y la injusticia racial. Su frase fue directa: “No voy a ponerme de pie para mostrar orgullo por la bandera de un país que oprime a la gente negra y a la gente de color”.

Lo que siguió fue una tormenta política. Donald Trump convirtió la protesta en un tema de campaña. Exigió que los dueños despidieran a los jugadores que se arrodillaran. La NFL quedó atrapada entre dos presiones: la defensa de la libertad de expresión y el miedo a perder a una audiencia conservadora.

Kaepernick no volvió a ser contratado desde 2017. Para muchos, su ausencia se convirtió en una prueba de que el activismo tenía un precio. Para otros, fue la confirmación de que el Super Bowl ya no podía fingir neutralidad.

El medio tiempo como territorio político

Con el tiempo, el show de medio tiempo dejó de ser solo un espectáculo musical y se convirtió en un espacio de disputa simbólica.

En 2020, Shakira y Jennifer Lopez llevaron al escenario una celebración de la cultura latina atravesada por mensajes incómodos: niños en jaulas luminosas, una bandera de Puerto Rico desplegada como gesto de identidad en un momento de tensión migratoria.

En 2022, Eminem se arrodilló al final de su actuación, retomando el gesto de Kaepernick frente a millones de espectadores.

En 2025, un bailarín desplegó una bandera que combinaba los símbolos de Palestina y Sudán. El conflicto internacional irrumpió en el espectáculo más visto de Estados Unidos.

Cada edición confirma lo mismo: el medio tiempo ya no es un paréntesis. Es un espacio donde se negocia qué historias pueden ser contadas frente a la nación.

Anuncios, elecciones y justicia social

El Super Bowl LIV, en 2020, marcó otro punto de inflexión. Por primera vez, dos campañas presidenciales compraron anuncios nacionales durante el juego. Donald Trump y Michael Bloomberg gastaron más de 10 millones de dólares cada uno. La publicidad política entró de lleno al mayor espectáculo deportivo del país.

Ese mismo año, la NFL lanzó la iniciativa Inspire Change y comenzó a pintar mensajes como “End Racism” en las zonas de anotación. La liga intentaba institucionalizar su compromiso con la justicia social, al mismo tiempo que enfrentaba críticas por su trato a Kaepernick.

Pero incluso ese gesto se volvió controvertido. En 2025, la NFL retiró el lema “End Racism” del campo para el Super Bowl. La pregunta volvió a emerger: ¿se trata de convicción o de marketing?

Presidentes, poder y presencia física

Durante décadas, los presidentes influyeron en el Super Bowl a distancia: entrevistas previas, llamadas de felicitación, lanzamientos de moneda remotos. En 2025, Donald Trump rompió la tradición y asistió al partido como presidente en funciones.

No fue un gesto inocente. Fue la confirmación de que el Super Bowl ya no era solo un evento deportivo, sino un escenario legítimo del poder político.

El futuro: Bad Bunny y la batalla cultural

La confirmación de Bad Bunny para el show de 2026 abrió un nuevo frente. Celebrado como un reconocimiento a la cultura latina, fue atacado por sectores conservadores que llamaron al boicot. Sus críticas a la política estadounidense hacia Puerto Rico y su preocupación por las redadas migratorias desataron una reacción oficial.

La frase de un asesor presidencial fue directa: “No hay ningún lugar en este país que proporcione refugio seguro a personas indocumentadas. Ni en el Super Bowl ni en ningún otro lugar”.

Por primera vez, la política migratoria habló sin metáforas desde el corazón del espectáculo.

Conclusión: un ritual imposible de separar de la política

El Super Bowl es un microcosmos de Estados Unidos. Ha servido como herramienta de cohesión nacional y como escenario de propaganda. Pero también como plataforma para la disidencia, la memoria y la protesta.

Cada himno, cada bandera, cada anuncio, cada artista elegido es una decisión cargada de significado. En una sociedad cada vez más polarizada, el Super Bowl dejó de ser un terreno neutral.


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Imagen de portada: RTVE