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¿Qué vio Isaac Asimov en 1983 sobre nuestro presente? Un mundo hiperconectado, automatizado y lleno de preguntas que siguen vigentes

En 1983, cuando el futuro todavía parecía algo que podía pensarse con orden, Isaac Asimov aceptó mirar hacia 2019 sin caer en la distopía ni en el entusiasmo ingenuo. Su punto de partida fue claro: cualquier proyección carecía de sentido si la humanidad no lograba evitar su propia destrucción. A partir de ahí, imaginó un mundo atravesado por la tecnología, automatizado en lo cotidiano y lleno de dilemas que no tendrían que ver con la escasez, sino con el sentido.

Asimov veía venir una vida cada vez más mediada por máquinas. Pensó en hogares donde los electrodomésticos prepararían comidas completas de forma automática, donde los desayunos se programarían la noche anterior y la comodidad sería parte del paisaje. No acertó en los detalles técnicos, pero sí en la dirección: la automatización como norma y no como excepción.

La comunicación, para él, dejaría de ser solo voz. Imaginó pantallas capaces de mostrar rostros, documentos, fotografías y libros, conectadas por satélites que permitirían hablar con cualquier punto del planeta. El mundo, decía, se volvería más pequeño, no porque viajáramos más, sino porque la distancia perdería relevancia. En eso, su intuición fue casi quirúrgica.

Máquinas, trabajo y una nueva forma de estar en el mundo

Asimov anticipó que la mayoría de las tareas rutinarias serían realizadas mejor por máquinas que por humanos. El resultado no sería una sociedad sin trabajo, sino una humanidad convertida en cuidadora y supervisora de sistemas. Las escuelas, pensaba, tendrían que prepararse para formar personas capaces de entender lenguajes computacionales y pensar en términos tecnológicos desde edades tempranas.

También imaginó un cambio profundo en el transporte. Vehículos capaces de conducirse solos, rutas elevadas, menos contacto con la superficie. No todo ocurrió como lo pensó, pero la idea de quitarle el control total al conductor humano ya no suena descabellada.

Pantallas, población y aislamiento

El mundo que Asimov visualizó estaba cubierto de pantallas. No solo televisores, sino superficies luminosas integradas en muros y espacios cotidianos, incluso con intentos de tridimensionalidad. La tecnología, creía, permitiría a los seres humanos aislarse cada vez más de la naturaleza para construir entornos a su medida.
Ese aislamiento venía acompañado de otra preocupación: el crecimiento poblacional. Asimov temía un planeta saturado, asfixiado por la sobrepoblación, y apostaba por una toma de conciencia global sobre el control de la natalidad. No lo veía como un castigo, sino como una medida racional para evitar el colapso.

Comida, ocio y el problema del aburrimiento

La alimentación también formaba parte de su futuro. Pensó que la agricultura tradicional tendría dificultades para sostener a la población y que se recurriría a microorganismos, algas y levaduras procesadas para producir alimentos en distintos sabores. Una idea que parecía extravagante y que hoy vuelve a discutirse desde la ciencia y la sostenibilidad.

Pero quizá su predicción más inquietante no tuvo que ver con máquinas ni con pantallas, sino con el tiempo libre. Asimov hablaba de una “sociedad de ocio forzado”, donde el gran problema no sería trabajar demasiado, sino no saber qué hacer con el tiempo disponible. El aburrimiento, advertía, se convertiría en una enfermedad con consecuencias emocionales y sociales profundas, y la salud mental ocuparía un lugar central.

El espacio como horizonte aplazado

En su visión, la humanidad no solo permanecería en órbita, sino que comenzaría a expandirse más allá de la Tierra. Bases lunares, fábricas espaciales y comunidades fuera del planeta formaban parte de un futuro que, aunque no llegó en los plazos que imaginó, sigue funcionando como promesa y espejo de nuestras ambiciones.

Pensar el futuro sin medirlo en aciertos

Volver a Asimov hoy no sirve para hacer un conteo de predicciones cumplidas y fallidas. Sirve para entender algo más complejo. La tecnología puede avanzar de forma vertiginosa, pero su impacto real depende de cómo la sociedad decide usarla, integrarla o resistirla.

Asimov imaginó muchas de las herramientas que hoy nos rodean. Lo que nadie pudo prever del todo fue la manera en que esas herramientas terminarían moldeando nuestras rutinas, deseos y formas de estar en el mundo.


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