Hayao Miyazaki y la imaginación como forma de habitar el mundo
Arte
Por: Carolina De La Torre - 01/05/2026
Por: Carolina De La Torre - 01/05/2026
Hablar de Hayao Miyazaki es hablar de un creador que entendió el cine animado como una extensión de la vida misma. No como evasión, no como producto, sino como un espacio donde lo íntimo, lo político, lo espiritual y lo cotidiano podían coexistir sin jerarquías. Su obra no se impone, acompaña. No da respuestas cerradas, abre preguntas que se quedan flotando mucho después de que la pantalla se apaga.
Miyazaki nació en un Japón marcado por la guerra y la reconstrucción. Ese contexto no solo moldeó su mirada, también sembró una sensibilidad particular hacia el mundo. Creció entre fábricas de aviones, historias de destrucción y una madre fuerte, enferma durante años, cuya presencia influyó profundamente en su manera de construir personajes femeninos. Mujeres que no esperan ser salvadas, que piensan, deciden, se equivocan y avanzan. Mujeres que sostienen el relato desde la acción y la empatía.
Desde temprano entendió que animar era observar. Observar cómo se mueve el viento entre los árboles, cómo el silencio también narra, cómo un gesto mínimo puede decir más que un diálogo entero. Por eso su cine está lleno de pausas. Escenas donde aparentemente no pasa nada, pero donde todo está ocurriendo. Un tren que cruza el agua, una niña mirando el horizonte, una ciudad que respira. En Miyazaki, el tiempo importa.
Su proceso creativo es casi artesanal. No parte de guiones rígidos. Dibuja y deja que la historia se revele mientras avanza. Cada trazo es pensamiento. Cada movimiento tiene intención. Esa forma de trabajar explica por qué sus películas se sienten vivas, como si el mundo que habitan siguiera existiendo más allá del encuadre. Hay una ética detrás de esa decisión. La de confiar en la intuición, en el cuerpo, en la experiencia acumulada.
La naturaleza ocupa un lugar central en su obra. No como paisaje decorativo, sino como entidad activa. Bosques que sienten, espíritus que observan, fuerzas que recuerdan al ser humano su pequeñez. En películas como Nausicaä del Valle del Viento o La princesa Mononoke, el conflicto no es simple. No hay villanos absolutos. Hay tensiones. Progreso, deseo, miedo, supervivencia. Miyazaki entiende que el daño no siempre nace de la maldad, sino de la desconexión.
Otra de sus obsesiones es el vuelo. Volar como anhelo, como libertad, como contradicción. Aviones hermosos creados para fines destructivos. Sueños técnicos enfrentados a consecuencias éticas. Porco Rosso y El viento se levanta condensan esa mirada ambigua y profundamente humana. Amar algo sin dejar de cuestionarlo. Crear sin olvidar el impacto de lo creado.
Miyazaki también transformó la forma en la que se concibe la animación a nivel global. Demostró que podía ser cine de autor, que podía dialogar con la infancia sin subestimarla, que podía emocionar a adultos sin perder asombro. Studio Ghibli se convirtió en una referencia cultural, en una casa donde las historias se cuentan con paciencia y respeto por el espectador.
Su legado no está solo en la estética reconocible, en los cielos abiertos o las criaturas entrañables. Está en una postura frente al mundo. En la defensa de lo hecho a mano. En la desconfianza hacia la velocidad excesiva. En la idea de que imaginar también es una forma de cuidar.
Miyazaki no creó un estilo para ser replicado. Creó un paradigma. Uno donde la animación es pensamiento, sensibilidad y memoria. Donde mirar con atención se vuelve un acto político. Donde contar historias sigue siendo una manera de resistir al olvido y de recordarnos que aún es posible habitar el mundo con asombro.
Ver el cine de Miyazaki, ya sea en la infancia, la adolescencia, la juventud o la adultez, suele marcar un antes y un después. No únicamente en la manera de mirar el cine, sino en la forma de concebir la vida y la realidad misma. Sus películas se instalan en una suerte de magia y misticismo que no evade lo concreto, sino que lo resignifica. Paisajes que conmueven al alma, criaturas imposibles que miran el mundo con una honestidad desarmante, historias donde lo fantástico no cancela lo real, sino que lo vuelve más visible. Hay en su obra un equilibrio preciso entre el asombro y la tierra firme. Entre lo que se sueña y lo que se vive. Sus personajes están construidos con tal profundidad emocional que, tarde o temprano, es imposible no reconocerse en alguno de ellos. Y en ese reflejo, algo se acomoda distinto. Como si después de Miyazaki, el mundo pudiera mirarse con más cuidado, con más empatía, con una imaginación que no huye, sino que acompaña.