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Los doce días que van del 25 de diciembre al 6 de enero tienen en ciertas tradiciones un ánimo especial, una transición un poco abismal que marca el fin de un periodo y el comienzo de otro

En ciertas tradiciones "paganas", al periodo entre el 25 de diciembre y el 6 de enero se le conoce como las "noches mágicas", "Rauhnächte" en alemán, o también "las doce noches sagradas" o "The Twelve Nights": doce días que por sí mismas representan los doce meses del año que viene.

Este periodo se considera un momento liminal, palabra que se desprende el latín limes, es decir, frontera o límite, un estado de transición donde una fase termina e inicia otra, un tiempo sin tiempo en el que dos realidades conviven y se trasponen.

En realidad estos tipos de espacios, los liminales, han tomado cierto auge a tráves de las redes sociales. Un ejemplo, son los videos llamados "backrooms", experimento visual que empezó en la plataforma 4chan allá por el año de 2019, en el que un usuario pidió que a otros que compartieran fotografías de lugares que resultaran inquiteantes, dando pie así a un fenómeno en el que circularon imágenes en plano holandés descritas como espacios enormes, que parecían no tener fin y en donde se perdía toda proporción del tiempo.

En cierta forma, los últimos días del año y los primeros del nuevo son, para dichas tradiciones, similares a estas historias creepypasta. No es solo que las noches entre el 25 y el 6 de enero representen cada día un mes del año, sino que también se pueden ver como una representación de ese espacio sin un latido propio en el que no se reconoce cabalmente qué termina y qué es lo que comienza.

La Rauhnächte y las noches de Yule

En la tradición gérmanica en particular, a estos días se les conoce como Rauhnächte, noches de humo o noches ásperas en las que los habitantes de paises como Alemania, Suiza, Austria, y de la región del Tirol en general, queman inciensos o yerbas olorosas para espantar de las casas a espíritus chocarreros.

Por otro lado, en la tradición celta y nórdica a estas mismas noches se les llama "noches de Yule", también conocidas como Jul o Jól, un festival que se remonta a la epoca vikinga (793 d.C.) vinculado al dios Odín y a una antigua tradición llamada "la Cacería Salvaje", que marcaba la llegada del solsticio de invierno —el día más corto y la noche más larga del año—, cuando se festejaba el regreso del día ante las fatídicas noches nórdicas.         

Como homenaje a este momento, los vikingos prendían hogueras, velas y luces que celebraban el nacimiento del sol luego de su interminable viaje por la noche. El elemento central de estas festividades era un árbol —a menudo un roble— que se hacía arder dentro de la casa familiar, para así traer calor y luz, y cuyas cenizas, se creía, limpiaban el entorno.

Además, durante las noches de Yule se compartían comidas tradicionales, cervezas, canciones, historias y leyendas sobre el fuego y las luchas de los guerreros y los dioses contra la noche invernal, creando un espacio de confianza y unidad entre los habitantes de los pueblos.

Las doce noches herméticas    

A medio camino entre las postrimerías del neoplatonismo y la alquímia medieval, esta creencia se desprende de los conocimientos herméticos que señalan que el universo es mental y que “como es arriba es abajo”, principios elementales lo mismo para los iniciados que para los grandes maestros.

Quienes difunden este saber —a veces como un movimiento fantástico de magos en el mundo y otras como una sociedad real con estructuras piramidales que busca que sus valores se repliquen— promulgan que las noches herméticas significan una variedad de ciclos que cierran para darle paso a nuevos. Esotéricamente se cree que en este periodo la conciencia humana esta mucho más abierta a lo divino, que no es otra cosa que un conocimiento del yo interior.  

Por medio de los rituales que se realizan en esta época se accede a realidades profundas porque no se busca el poder sino la transformación y sobre todo la armonía.

De alguna manera aplicar el principio de que “como es arriba es abajo” nos deja delante de la premisa que el marcocosmos se traduce al microcosmos. Que los doce días que le siguen a la navidad y llegan hasta la epifanía son una muestra de los doce meses y las acciones que se toman en cada uno, reflejan lo que se vivirá por cada unos de los meses.

En ese sentido, debemos observar los sueños, los estados emocionales que se suceden en esos días y los acontecimientos externos que hay en el mundo ya que serán un muestrario del año que viene. Este tiempo es un espacio donde no estamos dominados por la rutina, así que el alma de los humanos es más proclive para reordenarse interiormente.  

Este tiempo es entonces un momento para reflexionar y estar alertas de lo venidero, no porque haya de por medio una predicción, sino más bien porque hay un tiempo interior desligado de las obligaciones, y las fechas se prestan para distender los conciliábulos de los deberes formales para dar espacio a una vigilia espiritual necesaria para reflexionar y pensar en el mundo de manera diferente.

Las esteras de la fiesta funambulesca   

La actualidad ha dejado este espacio —el de la Navidad hasta la Epifanía— como un páramo de descanso en el que se prepara un nuevo año o se consume un nuevo lugar dentro de la lista de quehaceres y objetivos que deberán cumplirse. El año nuevo occidental sirve para cancelar tendencias negativas “decretando” como los herméticos diciendo: yo no “maniefiesto” cambio, yo me convierto en el cambio.

No es tan fácil.

La reflexión llega a una simple acotación, un parentésis en el que se toman vacaciones, tal vez las más planeadas del año para renovar votos a un imperio de consumo en donde se vislumbran como objetivos nuevos productos y variaciones de éstos. Lugares como centros donde se adquiere un prestigio: comprar las experiencias, descansar el cuerpo a través de una fiesta interminable que nos garantice más hedonismo y placer, en tanto al trabajar constantemente todo el año, se tiene el dinero y un breve tiempo para disfrutar de aquello que se ve como un logro.

En cambio, este preciso momento es un lugar del limbo en el que el tiempo no opera para facilitar logros, sino entregarnos el fin y la la transición. Se está a punto de cruzar una frontera, en derredor hay figuras tumultuosas y prevaricarias que parecen casi fantasmas, como recordatorio de que no solo los logros nos hacen victoriosos, y que reconciliarte con el error es lo más sensible en el entendido de que nuestros movimientos son errante. 

Después de todo, humano es también quien dignamente se equivoca y puede enmendar su camino.


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