Coatlicue: quién fue, qué simboliza y por qué es una figura central en la historia de México
Sociedad
Por: Mateo León - 11/26/2025
Por: Mateo León - 11/26/2025
Pocas esculturas en el mundo generan tanta fuerza visual, misterio y reverencia como Coatlicue, una de las deidades más importantes del México antiguo. Su presencia imponente, tallada en piedra y cargada de símbolos, se ha convertido en emblema de la cosmovisión mexica, del poder de la naturaleza y del vínculo inseparable entre la vida y la muerte.
Coatlicue no es únicamente una pieza arqueológica: es una madre primordial, un concepto filosófico, una narrativa mítica y una de las presencias más estudiadas en la historia del arte prehispánico. Conocerla es asomarse a la manera en que los antiguos habitantes del Valle de México entendían el universo.
En la mitología mexica, Coatlicue —cuyo nombre en náhuatl significa “La de la falda de serpientes”— es la madre de Huitzilopochtli, el dios patrono de los mexicas. Es una diosa madre, asociada a la tierra, la fertilidad, los ciclos naturales y la renovación constante.
Coatlicue encarna una fuerza dual:
No se trata de una deidad “buena” o “mala” en términos morales, sino de un principio natural: la continuidad de la vida a través de la muerte.
El relato más conocido sobre Coatlicue cuenta que, mientras barría en el cerro Coatepec, una bola de plumas cayó del cielo y la dejó embarazada. Sus hijos mayores, los Centzon Huitznáhuac (los 400 dioses de las estrellas del sur) y su hija Coyolxauhqui, la Luna, consideraron este embarazo un deshonor y conspiraron para matarla.
Antes de que pudieran hacerlo, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli, quien nació completamente armado, cubierto de plumas azules y listo para la batalla. El nuevo dios defendió a su madre, derrotó a sus hermanos y desmembró a Coyolxauhqui, arrojando sus restos desde la cima del cerro.
Este mito resume varios niveles simbólicos:
La escultura de Coatlicue, hallada en 1790 en la Plaza Mayor de la Ciudad de México y hoy resguardada en el Museo Nacional de Antropología, es una de las obras maestras del arte mexica. Su iconografía concentra buena parte de la filosofía nahua.
Coatlicue aparece decapitada. En lugar de una cabeza humana, dos serpientes emergen de su cuello. Para los mexicas, las serpientes representaban energía vital; cuando dos se encuentran, forman un rostro divino. Esta doble serpiente alude al renacimiento y a la continuidad después de la muerte.
Su torso muestra senos caídos, símbolo de haber amamantado a muchos hijos. Es una madre múltiple: no solo de Huitzilopochtli, sino de dioses, humanos y fuerzas cósmicas.
La famosa falda de serpientes y el collar compuesto por manos, corazones y cráneos no son simples adornos macabros: representan a la tierra que se alimenta de aquello que muere para poder sostener lo que nace. Para los mexicas, la muerte alimenta a la vida, y la tierra recibe continuamente sangre y cuerpos como ofrenda.
Las garras de Coatlicue evocan animales de tierra. Su figura remite al vientre de la tierra, ese espacio donde todo regresa, se descompone y renace. Es, al mismo tiempo, tumba y matriz.
Tras su hallazgo en el siglo XVIII, la escultura de Coatlicue fue considerada “demasiado terrible” por las autoridades coloniales y se volvió a enterrar para evitar que los pueblos indígenas la veneraran. Esa reacción revela el impacto que causaba, aún siglos después de la Conquista.
A lo largo del tiempo, fue estudiada por cronistas, arqueólogos e historiadores, y con el surgimiento del México moderno se convirtió en una obra clave para entender la identidad prehispánica.
En el siglo XX, artistas, escritores y pensadores recuperaron a Coatlicue como:
Pintores como Diego Rivera y escritoras como Rosario Castellanos la incorporaron a sus obras como metáfora de un país que se construye sobre raíces profundas, muchas veces ocultas o negadas.
Hoy, Coatlicue sigue vigente como:
Incluso en proyectos tecnológicos contemporáneos —como la supercomputadora mexicana que llevará su nombre—, Coatlicue se resignifica como símbolo de poder, origen y capacidad transformadora.
Coatlicue nos recuerda una intuición central del pensamiento mexica: no hay vida sin destrucción, no hay creación sin sacrificio, no hay renacimiento sin la oscuridad de la tierra. Su figura condensa una visión del mundo en la que vida y muerte son parte del mismo ciclo.
En un país como México, donde la relación con la muerte se vive de forma abierta —del Día de Muertos a los altares familiares—, Coatlicue funciona como una raíz simbólica profunda: una diosa que no rehúye lo terrible, sino que lo integra como parte de lo sagrado.
Más que una estatua pétrea, Coatlicue es un espejo de los ciclos que siguen moviendo al mundo y de la memoria ancestral que aún late bajo la superficie de la modernidad.