Michael Jackson y la creación de la verdad… desde el poder
Filosofía
Por: Yael Zárate Quezada - 08/29/2025
Por: Yael Zárate Quezada - 08/29/2025
Durante décadas, la figura de Michael Jackson como el indiscutible “Rey del Pop” fue un sinónimo de originalidad, innovación y para muchos, genialidad y aunque al día de hoy esas características se mantienen, a pesar de su muerte en 2009 hubo un momento oscuro en la vida del artista.
A partir de los años noventa su vida se vio atrapada en una maquinaria mediática que lo colocó en el centro de acusaciones de abuso infantil. Aunque los juicios concluyeron con su absolución y nunca se probó culpabilidad alguna, la sombra de la sospecha destruyó buena parte de su carrera y de su legado en vida, incluso, después de morir.
En 2019, diez años después de su muerte, el director Dan Reed lanzó el documental Leaving Neverland, respaldado por figuras como la presentadora Oprah Winfrey. Ahí se retomaron acusaciones ya desacreditadas en tribunales, pero que encontraron resonancia en una audiencia predispuesta a creer lo peor. Ante esto, cabe la pregunta, ¿cómo se construye una verdad que, incluso sin pruebas sólidas, logra imponerse como única versión aceptada?
Michel Foucault, el filósofo francés que teorizó sobre el poder, sostenía que la verdad no es una esencia inmutable, sino una lucha de interpretaciones. La que logra imponerse es aquella que tiene la fuerza y las condiciones de poder necesarias para instalarse como “la verdad de todos”.
El filósofo argentino José Pablo Feinmann, al retomar esta idea, advirtió que “la voz del monopolio expresa los intereses del monopolio. Si logra totalizar todas las voces diferentes de la sociedad, ha impuesto lo ‘uno’ como verdad para todos”. La historia de Jackson se inserta en esta dinámica: más que un hecho, fue una interpretación amplificada por corporaciones mediáticas con el poder de modelar percepciones.
La vida de Jackson fue traducida a signos de escándalo, morbo y peligro. Nunca importó que testimonios como el del actor Macaulay Culkin —quien lo visitó varias veces en su rancho Neverland— desmintieran cualquier abuso. La construcción simbólica de Michael como un monstruo maquiavélico resultó más atractiva para los medios que la verdad humana de un artista excéntrico.
En este sentido cabe recordar la frase del filósofo canadiense, Marshall McLuhan quien advirtió: “El medio es el mensaje”. La maquinaria mediática no solo transmitió acusaciones, sino que logró crear un terror social alrededor del artista, al inducir a millones de personas a repudiarlo sin más. En ese sentido, la manipulación de la realidad se convirtió en espectáculo a partir de un hombre juzgado no por tribunales, sino por titulares y documentales.
En 2024, cuando una jueza estadounidense ordenó hacer pública la lista de personalidades asociadas a Jeffrey Epstein –acusado por sostener una red de abuso sexual a menores en su isla privada– el nombre de Michael Jackson brilló por esta vez su ausencia. Paradójicamente, sí figuraban personajes como Oprah Winfrey, la misma que había financiado el documental que lo vinculaba a menores. También aparecieron figuras como Bill Clinton, Donald Trump, el príncipe Andrés, el mago David Copperfield, Leonardo DiCaprio y hasta el científico Stephen Hawking. Fue entonces que se viralizó en redes la frase: “El mundo le debe una disculpa a Michael Jackson”.
Una de las teorías que circuló fue que Jackson habría estado al tanto de una red de pedofilia que involucraba a personajes influyentes —como algunos de los mencionados en los documentos— y que planeaba denunciarlos. Como respuesta, habría sido blanco de una represalia mediática diseñada para silenciarlo.
Su excentricidad y su afecto por la infancia fueron terreno fértil para levantar sospechas, pero nunca se tradujeron en pruebas.
Sin importar que el mismo Jackson declaró que “Antes de hacerle daño a un niño, prefiero cortarme las venas”, la lucha de la fabricación de la verdad, logró imponer su versión sobre la justicia, la memoria y la vida misma.
¿Somos entes entendidos como sujetos o estamos “sujetados” a una idea? ¿Pensamos o ya estamos pensados?