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Ramón Mercader ejecutó uno de los crímenes políticos más emblemáticos del siglo XX, ordenado desde Moscú por Stalin: el asesinato de León Trotsky.

Muy lejos de la Unión Soviética donde nació y repudiado por su propio partido político, podría decirse que León Trotsky encontró la muerte un 21 de agosto de 1940, aunque para ser más certeros, la muerte lo encontró a él, pues ya meses antes, había logrado escapar de una “fiesta de balas” en su casa de exilio en Coyoacán, Ciudad de México, cuando por lo menos una veintena de hombres comandado por el muralista David Alfaro Siqueiros irrumpió en su hogar con la firme intención de matarlo y eliminar de una vez por todas al principal adversario de Iósif Stalin, quien había logrado hacerse con el poder de la URSS.

Aunque el muralista fracasó, Trotsky aún tenía una cita pendiente con –lo que llamamos en México– “La Huesuda”. Esta vez el perpetrador sería Frank Jacson, quien después se sabría su verdadera identidad: Ramón Mercader.

Criado en una familia catalana, Mercader creció entre la prosperidad de la industria textil de su padre y la militancia comunista de su madre, Caridad. La Guerra Civil española lo llevó al frente republicano, donde se curtió en combate y, más tarde, fue reclutado por la inteligencia soviética. En Moscú recibió entrenamiento de espionaje y por ello se le encomendó un objetivo mayúsculo: eliminar a Trotski.

Bajo distintas identidades, Mercader logró acercarse al círculo íntimo del revolucionario ruso a través de Sylvia Ageloff, una joven estadounidense con la que simuló una relación sentimental. Junto a ella se instaló en México y poco a poco se convirtió en un visitante habitual de la casa de Coyoacán. Ganó la confianza de los guardias, conversaba con Trotski sobre política y hasta realizaba pequeños favores para la familia.

La tarde del 20 de agosto de 1940, la rutina cotidiana del exilio del revolucionario ruso se rompió de manera definitiva. Mercader acudió a la casa de Trotski con el pretexto de mostrarle un artículo escrito por él. Oculto bajo su abrigo llevaba un piolet de alpinista. Ya dentro del estudio, mientras Trotsky se acercaba a la ventana para leer, Mercader aprovechó el descuido y descargó el golpe en su cráneo. 

A pesar del impacto, el revolucionario no cayó de inmediato. Herido de gravedad, forceje hasta que los guardaespaldas entraron en la habitación.

Entre el caos, Trotsky ordenó salvar la vida de Mercader. “¡No lo matéis! ¡Tiene que hablar!”, alcanzó a gritar con un hilo de voz. Trasladado de urgencia a un hospital cercano, resistió la cirugía inicial, pero al día siguiente entró en coma y murió el 21 de agosto de 1940.

Trotsky en el hospital después de su atentado. Keystone. 1940.

Con este asesinato político, se concretó la extensión del largo brazo de Stalin, capaz de llegar hasta el otro lado del Atlántico para eliminar a quien consideraba su enemigo más peligroso. 

Su muerte recuerda que las luchas ideológicas surgen en los rincones más obscuros e insospechados, porque una traición nunca viene de quien se considera un enemigo. 


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Imagen de portada: Hulton Archive / Trotsky en su estudio