Postales desde Borinage: Van Gogh en las entrañas de la tierra
Arte
Por: Carolina De La Torre - 04/01/2025
Por: Carolina De La Torre - 04/01/2025
Van Gogh no siempre fue el pintor del amarillo-melancolía ni el genio atormentado que convirtió la luz en obsesión. Hubo un tiempo en que su paleta era oscura, su trazo incierto y su propósito aún no estaba definido. Antes de encontrar en la pintura un refugio, quiso ser muchas cosas: marchante de arte, predicador, guía espiritual. Quiso salvar almas antes de salvarse a sí mismo.
En 1878, en un rincón de Bélgica que pocos mencionan, se adentró en el Borinage, la "tierra negra" donde la vida de los mineros se consumía en el hollín y el abandono. No era una visita de artista ni de turista: Vincent quería compartir su miseria, ser uno más entre aquellos cuerpos agotados que descendían cada día cientos de metros bajo tierra, buscando un sustento que el capitalismo devoraba sin miramientos.
Se hospedó en casas desmoronadas, entregó su ropa a quienes apenas tenían con qué cubrirse y predicó con fervor, hasta que la propia iglesia lo desechó por "excesivo". Era demasiado pobre, demasiado apasionado, demasiado cercano a los miserables. Su fe empezó a tambalearse en los escombros de aquella explotación humana. Aun así, siguió descendiendo a las minas, respirando el polvo que mataba a los trabajadores en silencio. Vio de cerca el cansancio y la desesperanza. Escuchó los himnos de los mineros atrapados tras una explosión, cantando para no ceder al pánico. Cuando finalmente los rescataron, algo en él había cambiado para siempre.
Lo que no pudo salvar con sermones, comenzó a plasmarlo con carbón y papel. Dibujó las manos callosas, las espaldas encorvadas, los rostros marchitos de quienes no saldrían nunca del Borinage. No eran retratos de miseria, sino de dignidad: la del hombre que se hunde en la tierra para arrancarle un sustento, la de la mujer que carga carbón con la piel envejecida antes de tiempo.
Aún faltaban años para que sus colores explotaran, pero en esos primeros dibujos ya estaba el esqueleto de su arte: la vida real, con toda su brutalidad y belleza. "Pintar la vida del campesino es un asunto serio", escribiría después. Y lo fue. Porque en cada pincelada futura, en cada campo de trigo y en cada estrella temblorosa, seguiría latiendo ese primer impulso: hacer visible lo invisible, darle rostro a lo que el mundo prefiere olvidar.