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Antes de fundar Studio Ghibli, Hayao Miyazaki luchó contra la explotación en la industria de la animación; su paso por el sindicalismo no solo cambió su visión del trabajo, sino que definió la esencia rebelde de su cine

El eco de una lucha obrera resuena en cada trazo de Studio Ghibli. Antes de que los paisajes etéreos y los espíritus errantes cobraran vida en la pantalla, antes de que una niña cruzara el umbral de un mundo de dioses o que un castillo ambulante desafiara la guerra, Hayao Miyazaki fue un sindicalista que luchó con vehemencia por mejores condiciones de trabajo para sus colegas ilustradores y compañeros de la industria. El corazón del estudio más influyente de la animación japonesa late con el pulso de aquellos años en los que, desde los pasillos de Toei Doga, él y otros animadores se enfrentaron a la precariedad y la explotación de la industria.

Hayao Miyazaki estudió Ciencias Políticas y Economía, un camino que bien podría haberlo llevado lejos de la animación. Su padre estuvo en el negocio de fabricar aviones de guerra, lo que le habría permitido seguir otro rumbo. Sin embargo, su verdadera pasión era la animación, y nada lo apartaría de ella.

El futuro director llegó a Toei Animation en 1963, con una pasión ardiente por la animación y una voluntad férrea de cambiar las cosas. Se unió al sindicato casi de inmediato y no tardó en convertirse en una de sus voces más combativas. La industria exigía jornadas interminables, plazos imposibles y salarios miserables. Animadores extenuados se desplomaban sobre sus escritorios, y la creatividad se ahogaba bajo la presión y los bajos salarios. Miyazaki entendió que la lucha sindical no era solo por mejores condiciones laborales; era una batalla por la dignidad del artista, por la posibilidad de crear sin ser consumido en el proceso.

Durante años, MIyazaki se enfrentó junto con sus colegas a los directivos de Toei y participó en huelgas, negociaciones y manifestaciones. Pero no solo protestaba, también ideaba formas de mejorar la industria desde dentro. Creía en la animación como un arte que debía elevarse por encima de los modelos de producción en masa, una convicción que lo llevó a chocar con la mentalidad empresarial. Su activismo lo convirtió en una figura incómoda, pero también en un líder respetado entre sus colegas.

Veinte años después, con las cicatrices de esa batalla aún visibles, fundó Studio Ghibli junto a Isao Takahata, quien era su compañero sindicalista. No solo se propusieron hacer animación, sino redefinirla. Si la industria exigía líneas rígidas, ellos las hicieron fluir como el viento. Si las historias debían ser complacientes, ellos las llenaron de resistencia. Sus películas son relatos de la lucha contra el olvido, contra la maquinaria que engulle lo humano.

Pero Ghibli nunca levantó el puño de manera obvia. Sus ideas se deslizaron en el viento, en la rebelión de un cerdo que se niega a ser fascista, en la sombra de una ciudad flotante que se derrumba bajo su propio peso. Miyazaki no quería a  Disney, pero aceptó su distribución; se desencantó del marxismo, pero nunca dejó de señalar los estragos del capitalismo. Takahata, por su parte, fue un marxista hasta su último aliento, y en su obra final, El cuento de la princesa Kaguya, transformó un mito ancestral en una crítica feroz al deseo de poseer lo inalcanzable.

Las películas de Ghibli son mapas de un mundo donde el trabajo no es castigo, sino expresión. Cada hilo tejido, cada engranaje engrasado, cada mina devastada por la codicia humana son pequeñas piezas de una filosofía que celebra el esfuerzo sin romantizar la explotación. En sus historias, el campo no es un refugio idílico, sino un testamento a la historia humana. Entre la fantasía y la realidad, Ghibli no construyó solo un estudio: erigió un manifiesto visual, una declaración de principios escondida entre cada trazo y color.


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