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El mantra de la era digital que debe ser retomado: programa o serás programado

En el 2010 Douglas Rushkoff publicaba "Program or Be Programmed: Ten Commands for a Digital Age", un texto que sigue teniendo vigencia, precisamente porque todo lo estamos delegando a las máquinas. Rushkoff es uno de los teóricos de medios más importante de nuestra época, heredero de McLuhan, sobre todo en llamar la atención a la importancia de estudiar el contexto o el medio y no solo el contenido o el mensaje.

La idea esencial de este texto es que continuamente los entornos mediáticos en los que vivimos nos van moldeando y debemos ser conscientes de esto. Más aún –si queremos ejercer ese llamado que hace William Blake: "Necesito crear mi propio sistema o seré esclavizado por el de otro hombre"– debemos aprender crear nuestros propios ambientes digitales para asegurarnos de su salud, creatividad y beneficio mutuo. Esto significa programar, para no ser programado. Aunque es verdad que nacer a una sociedad determinada es ya una forma inherente de programación –adoptar con más o menos intensidad una serie de valores y perspectivas–, parte de la actividad intelectual es justamente ser consciente de estos "programas" ideológicos y hábitos a veces innecesarios que se vuelven parte de nuestra naturaleza. Debido a que hoy en día la mayoría de la gente vive más en línea que en el mundo "real", es enormemente importante tener una actitud crítica e idealmente diseñar nuestros propios espacios de convivencia digital.

Con la llegada de la inteligencia artificial, por una parte se vuelve más fácil programar y se abre la posibilidad de diseñar espacios aparentemente autónomos, con nuevas posibilidades funcionales y estéticas. Y, sin embargo, la misma facilidad con la que esto se hace suele hacer que dejemos de aprender a hacer las cosas y solo seamos capaces de dar una instrucción al robot. La idea de programar de Rushkoff no solo tiene que ver con controlar lo que consumimos y ser independientes de influencias nefastas, también tiene que ver con la virtud de aprender a hacer las cosas por nosotros mismos, desde construir una casa, plantar un huerto o hacer una página de internet.  Y esto cada vez más se pierde ante la fácil meseta que provee la IA. Sabe hacer casi cualquier cosa, aunque no ciertamente a gran nivel.

Rushkoff escribía:

El sistema nervioso de una persona existe en el tiempo presente. Vivimos en un continuo ahora y el tiempo siempre está pasando para nosotros. Las tecnologías digitales no existen en el tiempo. Al unir nuestros cuerpos y mentes basados en el tiempo a tecnologías que en sí tienden a ir contra el tiempo, terminamos divorciándonos de los ritmos, los ciclos, y la continuidad, de los cuales dependemos para vivir coherentemente.

La tecnología digital está programada. Esto la inclina hacia a aquellos que tienen la capacidad de escribir el código. En la era digital debemos de aprender a hacer el software o corremos el riesgo de convertirnos en él. No es demasiado difícil o tarde para aprender el código que está detrás de las cosas que usamos –o al menos entender que existe código detrás de nuestras interfases. De otra manera estamos a merced de aquellos que programan, de la gente que les paga o, incluso, de la propia tecnología.

De lo cual queremos subrayar, el hecho de que la tecnología digital suele sacarnos del tiempo y el espacio de los ciclos naturales. Esto crea una disautonomía generalizada, un proceso de alienación y pérdida de una matriz de ritmo y sensibilidad. Por ello, Rushkoff en los últimos años ha enfatizado el regreso a las comunidades offline. Pero incluso todo lo que sucede fuera del internet también debe en cierta manera de programarse, de generarse con una idea, con un diseño. Todo tiene un código, un lenguaje. Lo segundo es que en la era digital, nosotros mismos nos convertimos en el software de las máquinas. Nuestra información y nuestras vidas son la materia prima con la que corren los modelos de lenguaje y los algoritmos. O, como alguien ha dicho, somos la sustancia que las máquinas usarán para reproducirse a sí mismas. Y aunque no estamos en épocas muy revolucionarias, y resulta impensable echar marcha atrás el proyecto global de la inteligencia artificial y el tecnosolucionismo, al menos queda la posibilidad de una resistencia individual y de la formación de trincheras libres de la influencia de las redes sociales y la gran máquina global que nos pide que renunciemos a la vida