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¿Por qué la filósofa feminista y queer Judith Butler sigue siendo, hoy más que nunca, una de las voces más escuchadas, admiradas y odiadas de la actualidad? ¿Por qué tenemos un miedo a los temas de género, compartido por tradicionalistas y feministas?

Desde la publicación de El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad, la filósofa judía estadounidense Judith Butler se ha convertido en uno de los pensadores contemporáneos que más atención y expectativas generan, quizá la mejor exponente del denominado “feminismo de la tercera ola” de los noventa y de la incursión de los estudios “queer”.

Los aportes teóricos de Butler responden no a un deber, sino a una necesidad vulnerable, la necesidad compartida de iniciar y seguir una indagación en nuestra diversidad humana, y recuperar, también para el feminismo, útil para todas, todos y todes, un forma de atención sobre la experiencia individual. Esta atención descentraliza el debate sobre la sexualidad y el género, que no son solo un sistema de posibilidades relacionales humanas, sino una relación posible y creativa de cada quien consigo mismo, de cada uno con su autodeterminación.

El género no es tanto ser, sino actuar, algo clave para Butler desde su comprensión del principio de “performatividad lingüística” del filósofo británico John Austin. Este actuar ha respondido a las expectativas sociales que se inscriben en los cuerpos, actuamos dentro de una historia intersubjetiva y no como mínimas derivaciones de una realidad objetiva. Podría ser un alivio “desesencializar” esta factualidad y romper con su dicotomía estricta establecida.

Este estudio queer sobre uno mismo, también conocido de manera despectiva como “ideología de género”, se preocupa por la libertad de acción de las personas disidentes de género o no binarias, perjudicadas solo porque sus cuerpos no participan de un reconocimiento socialmente, una condena a la marginación de su existencia. Por eso mismo, Butler anima a reconocer de una vez por todas que la identidad no es única en cada ser humano. Actuamos desde múltiples identidades, todas ellas parte del sujeto, por lo que forzarse a asumir una sola oprime a la multiplicidad que somos. Sin embargo, este descubrimiento también genera rechazo.

Hemos crecido como personas y como sociedades dependiendo de la seguridad de una identidad firme, y de su aprobación por la autoridad institucional dura y el sentido común sutil. Reconocer a otras, otros y otres que no se han adaptado a la historia de esta aprobación, así como reconocer nuestra propia diversidad, choca contra lo que dábamos por seguro. Mucha gente y las instituciones normativas no están listas para lidiar con un constante descubrimiento. De eso quiso hablar Butler en ¿Quién teme al género?, su último libro de 2024:

Lo que está claro para mí es que hay un conjunto de extrañas fantasías sobre lo que es el género, lo destructivo que es y lo aterrador que es. Fantasías que varias fuerzas han estado circulando, por ejemplo: Viktor Orban, Vladimir Putin, Giorgia Meloni, Rishi Sunak, Jair Bolsonaro, Javier Milei, y de curso Ron DeSantis, Donald Trump, y muchos padres y comunidades en estados como Oklahoma y Texas y Wyoming, que están buscando aprobar leyes que prohíban la enseñanza de género o referencia al género en los libros.

Obviamente estas personas están muy asustadas del género. Lo imbuyen de un poder que realmente no creo que tenga. Pero también están igual de asustadas las feministas que se denominan a sí mismas “críticas de género”, o que son transexclusionarias, o que han tomado posiciones explícitas contra las propuestas de la política trans.

La moralidad desde tabú se basa en ocultar elementos sobre el sexo y el género que un ideal no puede traducir. Si permites el matrimonio gay y lésbico, si permites la reasignación sexual, te apartas de la ley de la naturaleza y abres la caja de Pandora de las perversiones. Formas de enseñanza crítica de esta idealidad son caracterizadas como indoctrinación, seducción o acicalamiento. Y esto se debe a que para mucha gente resulta increíble conducirnos por una moral no esencial, basada en la compasión y la covivencia como criterios del bien.

Butler asegura que debido a la sola movilidad de certezas, en efecto, se da el conflicto, se da el caos, pero precisamente no adoctrinamiento. Promulgar quiénes somos desde esta nueva performatividad es, en el mejor de los casos, una reconciliación creativa con lo socialmente construido y con un camino propio. El adoctrinamiento es negar que las personas están hablando y debatiendo entre sí. Por ejemplo, el caso del estado de Florida en los Estados Unidos y la ley “Don't Say Gay” que penaliza enseñar temas LGBTTTIQ, desde el jardín de infantes hasta octavo grado. “No hablar” es la respuesta de quienes temen al género, pero para entender mejor cómo se instituye la desigualdad en el mundo, el género es un marco sumamente importante.

Sin embargo, Butler admite que no todos quieren movilidad, algo que mucha gente con expectativas sobre este cambio de discurso no puede admitir, replicando la inflexibilidad del pasado y negando cualquier proceso de adaptación esperable y razonable:

Mi versión de la política feminista, marica y transafirmativa no es policiaca. No creo que debamos convertirnos en policía. Tengo miedo de la policía. Pero creo que mucha gente siente que el mundo está fuera de control, y un lugar donde pueden ejercer algo de control es el lenguaje. Y parece que el discurso moral es entonces: “Llámame así”. “Usa este término”. Podemos ponernos de acuerdo en usar este lenguaje nuevo. Lo que más me gusta de lo que los jóvenes están haciendo es la experimentación. Y no son solo los jóvenes, más bien, todos somos jóvenes ahora, según yo. Sí, me encanta la experimentación. Sí, podemos inventar un nuevo idioma. Vamos a jugar. Veamos qué idioma nos hace sentir mejor sobre nuestras vidas. Pero creo que necesitamos tener un poco más de compasión por el proceso de ajuste de los demás.


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Imagen de portada: Judith Butler, The Economist.