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Desde su aparición en 1531 en el territorio americano de la Nueva España, la Virgen de Guadalupe ha segudo en decurso muy particular, de la cosmovisión indígena a las necesidades de la Iglesia Católica, sin olvidar su cercanía con ciertas tradiciones orientales

A mi segundo corazón. Devoto, shakta, hijo de la tierra negra que late.

Guadalupe es un espejo. No uno en el sentido convencional que nos permite situar esta palabra en la vida cotidiana del ego, un objeto para la inspección de uno mismo. No es una superficie pulida por la conciencia para reflejar los datos más recientes sobre sí misma, a un cuerpo atrapado en el exterior y a un yo atrapado en ese cuerpo. Se trata de la noche antes de cualquier noche que pueda reflejarse también en el espejeo del agua flotante en los cielos o acostada sobre las serranías llovidas. No se trata solo de una noche imaginada gracias al lenguaje que es la luz, sino de ver la oscuridad, estar en el origen de los ojos. Miraron la negrura los fenómenos naturales, los minerales, las plantas, las onomatopeyas con abrigos, alas o aletas, el dolor, las interpretaciones míticas de los fenómenos, las generaciones de la Historia, y se encontró el revoltijo profundo de la maravilla, la estática del silencio con este mundo raro. Familiar y hecho de todos esos seres, pero que no deja de nacer y de ser extraño, la armonía con las potencialidades de la noche. Quien se encuentra con la Guadalupe ve todos los hechos ahora sin poder propio, deja de creer en la fuerza del reflejo, y reconoce otro poder que siempre y nunca había visto.      

Guadalupe no es un reflejo, porque en comparación es más real y menos exacta. Un icono no hecho por el poder de las manos, sino por el origen de las manos humanas, que tiene una simbología precisa recogida del campo psicológico de la fe y de un primer campo donde se sembraron los símbolos, un campo tan realista, tan igual al universo que se pierde en lo invisible, en la inexactitud, en un punto impropio o frontera infinita del conjunto de las cosas, las letras, los números y las rectas reales de lo que se piensa, se cree, se ve y existe. Ella es visitada por los fieles y sus canciones, porque la violencia originaria de Guadalupe no coincide con su imagen, sino con la violencia de las preocupaciones. Su imagen es serena, porque no agrede ni juzga al corazón, tampoco cambia los hechos crueles, no borra ningún pasado desastroso, pero les retira el poder. También a los corazones, así evitan ser devorados por el sufrimiento.    

¿Se trata de María la madre de Jesús? La doncella que no fue tocada por un hombre solitario, solo por el Espíritu de todos los cuerpos y de todas las subjetividades. La Eva apocalíptica que adopta a todas las hijas y a todos los hijos de Adán, la matriz del Logos, la mujer que engendró a Dios fuera de la Trinidad, tal y como la Trinidad engendró fuera de la nada. ¿Se trata de la Diosa de múltiples rostros? El culto de los primeros homínidos a la antigüedad de la tierra, la generación mágica, todo poderosa que no puede observarse empíricamente, no sujeta a la ley de la conservación de la materia. La creadora y la destructora cósmica que sujeta todas las formas a ese trasiego, un fondo fértil e inubicable, abertura a la existencia más allá de todo lo que existe. ¿Qué piensan los creyentes? ¿A quién creen los devotos que están adorando? 

El papa Francisco en la Basílica de Guadalupe, 13 de febrero de 2016

Esta religión que se hace de rodillas recuerda a las intuiciones sustitutivas del Paleolítico, cuando se sepultaba a los cadáveres en posición fetal para regresarlos a la tierra donde aguardan entremezclados innumerables seres aún sin nacer, al origen donde su vulnerabilidad vuelve a ser una fortaleza. Este tipo de actos tienen poco que ver con un credo bien definido, una mariología dogmática, las ideas adecuadas que deberían tener los fieles. No se trata de una fe correcta, sino de una segunda naturaleza cultural que se elabora con la naturaleza. Una segunda vida que invoca a la primera como si esta hubiera desaparecido, la versiona, aunque no necesita de interpretaciones o de verificación alguna. Esta inexactitud cierta hace susceptibles a todo tipo de seres humanos con distintas convicciones, problemas y temperamentos, por eso puede ser una madre, pero también una santa casta, una diosa pagana o una feminista rebelde. Los mexicanos y quienes se mexicanizan llaman a este culto y a la realidad con un nombre basado en dos posibles frases árabes: “Wādi al-Lubb”, río oculto, y “Wādi al-Hub”, río de amor. Guadalupe, deseo de ver lo invisible e invisible visión del deseo, todavía es aquel mestizaje entre la Virgen extremeña de un santuario y de una villa en Cáceres que llevan su nombre, una de las ocho patronas de las autonomías de España, y “Tonantzin”, una superposición de adoraciones e iconográfica de distintas madres divinas de Mesoamérica. También es el nombre de la aparición mariana en el actual barrio de La Villa en la Ciudad de México, acontecimiento relatado en el Nican mopohua, obra escrita en náhuatl, quizá en 1556, por Antonio Valeriano:     

Aquí se cuenta, se ordena, cómo hace poco, milagrosamente se apareció la Perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, Nuestra Reina, allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe. 

La tradición cuenta que María de Guadalupe se hizo ver en cuatro ocasiones en el cerro del Tepeyac, loma de la nariz, ante el indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin. En el solsticio de invierno de 1531, un día doce de diciembre, la Virgen pidió a su vidente recoger una señal de lo que ella habría de ser en esa nueva España de indios: rosas que aparecieron fuera de temporada en lo que hoy es la Capilla del Cerrito, una devoción de cantos y poesía, expresiones que en la cosmovisión nahua eran asociadas con las flores. Juan Diego abrió su ayate aromado frente a Juan de Zumárraga, primer obispo de la diócesis de México: los pigmentos naturales de las rosas habían creado el espejo, la imagen del Tepeyac hecho María, el otro poder que anuló una violencia histórica como la conquista, las sospechas de los evangelizadores que hasta ese entonces habían visto la realidad cristiana solo en la mejor versión de ellos mismos. Zumárraga, también provincial de los mendicantes franciscanos, junto a todos los frailes del siglo XVI que cruzaron el océano, había intentado en una generación convertir a los habitantes paganos de Tenochtitlán, Huejotzingo, Tlaxcala y Texcoco en perfectos católicos. Había procurado eliminar ideas incorrectas prohibiendo cultos, símbolos, trances y sueños satánicos. Sin embargo, esa fuerza que traga y trae los hechos de la consciencia se apareció vestida con motivos sensibles, lo que era un indio y lo que era un cristiano. Escribió Bernardino de Sahagún, también misionero de Francisco de Asís, en su Historia general de las cosas de la Nueva España:     

En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que ellos llaman Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Allí hacían muchos sacrificios en honra de esta diosa, y venían a ella de muy lejanas tierras, de más de veinte leguas de todas las comarcas de México, y traían muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas a estas fiestas. Era grande el concurso de gente en estos días y todos decían “vamos a la fiesta de Tonantzin”. Ahora que está ahí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin.

La mariología católica cuenta con definiciones que se remiten a la muerte ruidosa de la Antigüedad, los debates de los Padres de la Iglesia y el Concilio de Éfeso donde Cirilo de Alejandría defendió dar el título de “Theotokos” a la madre de Galilea. María es madre de Dios, porque la carne que dio humanidad a ese Mesías anterior al comienzo de los ángeles y de la diferencia entre el principio y el fin: no permaneció ni siquiera por un parpadeo sin ser carne de Dios. La Virgen es la zarza ardiente, la escalera de Jacob, la intercesora entre la fe depositada en su imagen hallada, lo aparecido, y aquello previo a la imaginación, un desconocimiento terrible, veneno psíquico que se convierte en su propio remedio, un asombro que cura. 

Esta fe en tanto católica o universal no admite vírgenes particulares, todas son “advocaciones” de Nuestra Señora, porque, de ser veraces, deberían unir a creyentes de cualquier época, lugar, etnia, lengua y condición. La Theotokos además de adoptar la imagen de la Guadalupe nahua, se mostró como la Virgen del Pilar, de las Nieves, de Walsingham, del Rosario y del Monte Carmelo. La Iglesia ha aprobado apariciones modernas, como a un grupo anónimo en el poblado Knock, Irlanda, ante Bernadette Soubirous en la gruta de Lourdes, Francia, o delante de Lucía dos Santos y los hermanos Francisco y Jacinta Marto en Fátima, Portugal. Se han descartado o no se ha determinado la veracidad de otras decenas de apariciones, que, no obstante, han reunido a millones de fieles, como las visiones de Garabandal, España, a cuatro décadas de mensajes en Medjugorje, Bosnia y Herzegovina. Un caso muy interesante de finales de la década de los sesenta es el de la Virgen de Zeitoun o Nuestra Señora de la Luz, un fenómeno mariano ocurrido en la ciudad del Cairo, Egipto. Miles de personas, no solo cristianos coptos, también musulmanes, incluido el presidente de aquel entonces y simpatizante marxista, Gamal Abdel Nasser, habrían visto a una mujer luminosa caminar sobre la bóveda de una parroquia, a veces acompañada por palomas, una serie de eventos capturados en fotografías de distinta calidad.

El magisterio católico ha buscado dar realce fuera de México y entre las devociones de la Iglesia universal a la aparición de Guadalupe, a la vez que ha intentado homologarla a la fe ortodoxa y al cuerpo de fenómenos marianos aprobados. En 1895, se le coronó canónicamente, en 1910, el papa Pío X la nombró patrona de América Latina, en 1945, Pío XII “Emperatriz del Continente", y en 1983, el papa Juan Pablo II autorizó la construcción de una capilla en su honor en El Vaticano, un espacio con decoraciones de artistas mexicanos que recogieron plata y piedras de colores del Tepeyac. Hay arte de la Virgen india en catedrales y parroquias modestas a lo ancho del planeta, pero es de hacer notar su historia anecdótica en Nôtre Dame de París. La fiesta de Guadalupe se inscribió en 2010 en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de Francia. La amante del intelectual y candidato a la presidencia José Vasconcelos, la también escritora y activista Antonieta Rivas Mercado, se suicidó disparándose en el corazón ante el reconocido Cristo crucificado de la catedral. El gobierno de Pascual Ortiz Rubio envió una imagen de la Virgen mexicana como disculpa por esta tragedia en un espacio consagrado.

No obstante, hay algo herético, aunque no por eso no cristiano, en la dama que se apareció en la garganta de aire de los pájaros y en la nariz florecida de quienes huelen su cerro sagrado. “Una herejía” es una sentencia errónea para quien espera que un creyente llegué a la única sentencia correcta. Esto tiene poco que ver con el sentido etimológico y práctico de una herejía: agarrar, elegir, discriminar experiencias, actos, palabras, significados y significantes. Se recibió con gusto a María la madre de Jesús en Tonantzin, a la intercesora que convierte a la ira en misericordia, a la cultura forzada en adopción, a la deshonra en futuro, al poder inaccesible de Dios, los limites para el hombre, en el poder de la unidad, lo ilimitado de Dios. La Diosa aceptó ser María, tal y como la madre de Jesús, para ser madre de todo el mundo, aceptó ser en mundos diferentes. Pero esta aceptación que es Guadalupe se presentó como la receptora, la fuente, el abrazo materno para los mexicanos, como figura principal y no desde el papel secundario asignado a la Virgen en otras visiones del catolicismo. Esta discriminación pocas veces es identificada por los fieles racional y sistemáticamente, y la mayoría no se siente ajeno al mensaje cristiano. Y aunque María se revistió de Jesús, de los pobres y de los oprimidos, una mujer encinta con un hijo sol que viaja sobre las serranías cantantes que también huelen a sudor y a trabajo: sigue siendo el lecho de las oscuridades donde se mira el Ser, el Logos, la consciencia que viene y va.      

“La Pirámide de Tonantzin” es una edificación contemporánea bajo las manchas de estrellas del municipio mixteco de Huitziltepec, estado de Puebla. Una obra que participa de un proyecto comunitario del año 2003, inspirado en el pensamiento zapatista y en el establecimiento de “Los Caracoles” y las “Juntas de Buen Gobierno” como organizaciones autogestivas para los pueblos indígenas y modelos de vida alternativa para las personas en general. En la pirámide se realizan ceremonias neopaganas de inspiración prehispánica. La Guadalupe que recibe culto ahí y también en su basílica en la Ciudad de México es y no es un retorno de Tonantzin, porque la Diosa no necesita reincorporar a su devoción cada uno de los muchos elementos perdidos de las religiones del pasado para ser así la misma profundidad provocadora. La religiosidad que es creativa antes que dogmática tiene como historia sucedidas reversiones o reapariciones. 

Puede identificarse en varias religiosidades que evolucionaron durante siglos junto a un espacio cultural específico, cierta dinámica en la que la femineidad fue aceptada en su relación con una deidad masculina, un sujeto de la teología organizada, un ordenador, legislador y soberano universal, o al menos del universo de esa cultura: como una hija, una hermana, una esposa o una madre, una incorporación de la contraparte de la consciencia metafísica y moralizadora, la realidad generosa y terrible que excede cualquier descripción o prescripción. 

Por eso la Diosa tiene muchos nombres y altera también los nombres de su contraparte masculina, que a veces limita el terror y la generosidad, lo que todavía no haya sido visto por las consciencias. Alfonso Caso en su obra El pueblo del sol identifica a Tonantzin con la “Coatlicue”, la Señora de la falda de serpientes, “cóatl-cuéitl”, el inframundo o lecho de donde vinieron después las animaciones cálidas que llenan nuevas dimensiones. La madre del astro rey, de la Luna y de las estrellas, reverenciada como nuestra madre Tonantzin, “Teteoinan”, la madre de los dioses, y “Toci”, nuestra abuela, la antigüedad inexacta, impresionante, inabarcable, sin tiempo, sin medida o carente de “maya” dirían el hinduismo y el budismo. Adorada en el Tepeyac, los mitos cuentan que barría su casa cuando entró en su vientre una bola de plumas o de algodón azulino, pariendo a “Huitzilopochtli”, el colibrí del sur, el soberano divino que mandó edificar sobre una laguna México-Tenochtitlan, un hijo sol precristiano. 

Monolito de Coatlicue en el Museo Nacional de Antropología e Historia, México (Andrea Fischer)

Tonantzin también puede ser madre, pareja y dualidad de un dios más antiguo mitificado en toda Mesoamérica, “Quetzalcóatl”, especialmente como “Cihuacóatl”, mujer de la culebra, la recolectora de los muertos y a la vez la protectora de las mujeres que dan a luz. También es “Omecíhuatl”, señora dos o dual, la cara femenina de “Ometecuhtli”, señor dos o dual, la complementariedad e inmanencia del universo referida como “Ometéotl” o “Tloque Nahuaque”, en quien están todas las cosas, invisible como la noche donde se ven las siluetas de los seres, impalpable como el viento donde todas las sensaciones se arremolinan. 

Este uso de los contrastes, las superposiciones y la sucesión de elementos intercambiables ha hecho parte de religiones muy lejanas de México en tiempo y en disposición de grupos humanos. En Egipto, el disco solar “Ra” o “Re” ilumina el estado de cosas del mundo, y su áspid de radiaciones o su ojo divino es a veces para las mitologías de la ribera del Nilo una extensión, una fuerza violenta que somete a sus enemigos, o una entidad independiente que le sirve de contraparte, personificada como su hija, su hermana, su esposa o su madre, una amplia variedad de diosas. De manera similar, las sectas del “shaktismo” que forman parte del cuerpo de religiones de la India reconocen como la realidad suprema más allá de todas las identidades a “Mahadevī” o “Durga”, la personificación de la energía de las deidades masculinas o “devas”. Las deidades femeninas o “devīs” en las mitologías hindúes se tratan de aspectos o facetas de la gran Diosa, contrastes que a veces fundamentan mitos y subtradiciones. Por ejemplo, la esposa del dios de los yoguis “Shiva” es a veces la amable y hogareña “Parvati” o la irrefrenable y terrorífica “Kali”. ¿Qué hay de las diosas vistas en el espejo que es Guadalupe?     

Kali Mata, la madre oscura o la negra, de ese “color” es su carne, también es un espejo, uno que no refleja la luz, sino donde esta se pierde. El negro no es un color y Kali es una madre que se identifica con su hijo, no en base al tiempo que lo amamantó y lo educó, sino en el no ser, la igualdad en la que han sido uno desde siempre, más amplia que cualquier vientre maternal. Lo poco que es uno mismo, eso que sería “el adentro de uno” llega a convencerse de ser todo lo que hay o de controlar lo que se encuentra “afuera”. Kali es una diosa repulsiva que lleva la cabellera enmarañada, un collar de cabezas, una cimitarra, una expresión furiosa de ojos intensos y lengua salida recogiendo sangre. La perdida, el sufrimiento y la muerte. En la mitología egipcia hay una figura muy similar, la diosa leona Sekhmet, hija o contraparte de Ra que también asesina y bebe la sangre de los seres vivos. Kali es el espacio que la consciencia teme tener que descubrir, el fin de sí misma como lo que conoce, aunque este fin sea, de hecho, nacer indefinidamente, abrirse al otro lado de su interior y, por tanto, nacer de verdad, recibir de ese útero absolutamente generoso. Kali auxilia a sus devotos llevando sus bienes a la ruina y destruyendo su apego a momentos, lugares y seres queridos, siendo indiferente a su bienestar. Y de acuerdo a Bernardino de Sahagún, Tonantzin podía ser muy similar en esta aproximación religiosa: 

Decían que esta diosa daba cosas adversas como pobreza, abatimiento, trabajos. Aparecía muchas veces, según dicen, como una señora compuesta con unos atavíos como se usan en palacio.

¿Tonantzin era similar a las madres encolerizadas de Egipto y de la India, y no a la actual Guadalupe? En el caso de Kali, la destilación de esta ira divina castigadora la convierte en una diosa de la salvación, la liberadora del miedo a la ausencia de poder, a todo lo que no esté en nuestro control y que no podamos entregar con la misma confianza tanto a la vida como a la muerte. Pero parece ser una madre por entero diferente de la dulce y cálida Guadalupe, el perfecto opuesto que busca aligerar cualquier peso, resolver problemas sin solución o inconfesables, prevenir desgracias y mimar a quienes la obsequien con absoluta gratitud:

Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud?

Guadalupe hasta cierto punto es una cristianización amable de Tonantzin, así como Kali cuenta con Parvati, su contraparte tranquila, y la ferocísima Sekhmet pasa de leona a gata sosegada bajo la forma de "Bastet", protectora de los hogares y la armonía. A las tres diosas en brama se les ofrecían animales, hombres, mujeres, niños, y quizá el caso de Guadalupe como Virgen llega tan lejos como para no limitarla a ser una contraparte tranquila y transformarla en una sustituta, una auxiliadora que, en lugar de quemar el tejido de las ilusiones de este mundo, trabaja dentro de la ilusión reduciendo el mayor dolor posible, siendo retribuida solo con fe.  

¿Apariciones marianas como las de Guadalupe y Zeitoun tienen más que ver con una religión indulgente, cursi y nada realista? ¿Una religión de ignorantes favorable para manipular a los oprimidos en los antiguos sistemas coloniales o en el capitalismo de la actualidad? Sin duda esto es correcto, como también lo son ejemplos de lo perfectamente contrario. A fin de cuentas, el alivio de esos ríos de gente que fluyen por La Villa no es inequívoco y bajo la presencia literal de una persona. El antiguo abad de la basílica en el Tepeyac, Guillermo Schulenburg, negó en 1995 ante la revista católica mexicana Ixtus que Juan Diego haya sido una figura histórica real. Y sin vidente no habría habido visión, ¿o no? Sea o no sea esta figura parte de la Historia, probablemente no, Guadalupe es un fenómeno que tiene indudables efectos. Es visión porque en este punto sería ya imposible no pensar en algo o en alguien al ver a la Diosa vestida de virgen, de cerro, de país, de religiones, de comida, de injusticias. ¿La necesidad provocó que se pintara una imagen, o la imagen provocó satisfacer una gran necesidad? En la Independencia de México, se le asoció con el movimiento insurgente gracias al padre Miguel Hidalgo. La Unión de Campesinos liderada por César Chávez y su famosa peregrinación de 1966 en favor de mejores condiciones de trabajo caminó bajo un estandarte guadalupano, así como esta imagen da confianza a los jóvenes chicanos, a artistas y colectivos feministas, a las madres buscadoras, a las comunidades indígenas de México que mantienen sus lenguas autóctonas. 

Guadalupe no es un reflejo cierto o falso de los contenidos de la consciencia. Por extraño que resulte, es y no es Kali. Hablo de un espacio oscuro que la consciencia cree iluminar. Sin embargo, la luz de la consciencia es solo otra forma más de lo oscuro. Uno cree hablar y habla, uno ve y cree ver. Nada se refleja en nada, nadie tiene poder propio, porque nada es si no fue y reina junto a todas las cosas en la matriz revuelta de Kali, que es y no es Guadalupe. La primera no busca causar un mal, sino desintoxicar el río en su interior del veneno del bien y del mal, de la muerte y la vida, del deseo y la satisfacción. Destruir también es una ilusión y la vida que es las entrañas de la Diosa jamás podría morir. Guadalupe enseña a celebrar el amor y a amar celebrando. Pienso ahora en la diosa egipcia “Nut”, una versión tranquila de la hija y contraparte de Ra. Diariamente al caer la tarde, el Señor del universo debía introducirse en la boca de Nut, quien tenía el cuerpo del firmamento, y desaparecer en su interior, el inframundo o “Duat” para enfrentarse al fondo de la vida, que no es una pantalla tranquila, sino el caos rico del que pudo nacer todo cuanto hay. Terminada la noche, Ra volvía a nacer del sexo de Nut, de las entrañas visibles del cielo y del misterio secreto que está y no se ve en ninguna parte. Solo la amenaza sobre el mundo consciente permite disfrutarlo y agradecerlo. Como escribió el místico indio Sri Ramakrishna a propósito de ese fondo que son Kali y Guadalupe:  

La Oscuridad es la Madre Última o Kali. Mi Madre es el principio de la conciencia. Ella es Akhanda Satchidananda: Realidad, Conciencia y Bienaventuranza indivisibles. El cielo nocturno entre las estrellas es perfectamente negro. Las aguas de las profundidades del océano son las mismas. El infinito es siempre misteriosamente oscuro. Esta oscuridad embriagadora es mi amada Kali.


Alejandro Massa Varela (1989) es poeta, ensayista y dramaturgo, además de historiador por formación. Entre sus obras se encuentra el libro El Ser Creado o Ejercicios sobre mística y hedonismo (Plaza y Valdés), prologado por el filósofo Mauricio Beuchot; el poemario El Aroma del dardo o Poemas para un shunga de la fantasía (Ediciones Camelot) y las obras de teatro Bastedad o ¿Quién llegó a devorar a Jacob? (2015) y El cuerpo del Sol o Diálogo para enamorar al Infierno (2018). Su poesía ha sido reconocida con varios premios en México, España, Uruguay y Finlandia. Actualmente se desempeña como director de la Asociación de Estudios Revolución y Serenidad.


Canal de YouTube del autor: Asociación de Estudios Revolución y Serenidad


Del mismo autor en Pijama Surf: Jesús y su sexualidad, ¿eunuco de espíritu, maestro casto, esposo de María, hombre gay?

 

Imagen de portada: "Kali Tonantzin" de Ravi Zupa y "Guru Guadalupe" de James Roderick

Alejandro Massa Varela (1989) es poeta, ensayista y dramaturgo, además de historiador por formación. Entre sus obras se encuentra el libro El Ser Creado o Ejercicios sobre mística y hedonismo (Plaza y Valdés), prologado por el filósofo Mauricio Beuchot; el poemario El Aroma del dardo o Poemas para un shunga de la fantasía (Ediciones Camelot) y las obras de teatro Bastedad o ¿Quién llegó a devorar a Jacob? (2015) y El cuerpo del Sol o Diálogo para enamorar al Infierno (2018). Su poesía ha sido reconocida con varios premios en México, España, Uruguay y Finlandia. Actualmente se desempeña como director de la Asociación de Estudios Revolución y Serenidad.


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