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El estado con mayor concentración de manglares del país enfrenta un grave problema: cuanto más crece su industria turística e inmobiliaria, más retroceden estos ecosistemas que protegen sus costas. Recuperarlos puede tomar décadas y la ventana para actuar se cierra con cada temporada de huracanes.

Yucatán alberga 55% de los manglares del país, pero ese privilegio ecológico está bajo una presión creciente y es que, especialistas del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y funcionarios del gobierno estatal advierten que, una vez dañados, estos ecosistemas necesitan entre cinco y diez años para recuperarse —y eso, solo si las condiciones del entorno lo permiten.

María José Villanueva, directora de WWF México, explica que el problema principal es la interrupción de los flujos de agua subterránea que nutren a estas plantas: cuando una carretera o un hotel se construyen sin considerar la hidrología del lugar, los manglares simplemente se secan. "Si el agua no llega o llega contaminada, las plántulas se mueren", señaló.

El calendario tampoco ayuda, pues la temporada de huracanes suma urgencia al asunto. Los manglares no solo son incubadoras de especies marinas, sino también la primera línea de defensa natural para las comunidades costeras ante fenómenos meteorológicos extremos.

Por su parte, el gobernador de Yucatán, Joaquín Díaz Mena reconoció públicamente el deterioro ambiental del estado y anunció que los nuevos desarrollos habitacionales deberán ubicarse en zonas que no comprometan los ecosistemas. A su vez, la secretaria de Desarrollo Sustentable, Neyra Silva, señaló que el "boom inmobiliario" no solo daña los manglares, sino también agrava la escasez de agua potable para las comunidades locales.

La respuesta institucional toma la forma del Proyecto de Financiamiento para la Permanencia de la Herencia Maya: una inversión de 20 millones de dólares a cinco años que cubrirá cenotes, humedales, selvas y sistemas kársticos. Las primeras acciones se concentran en zonas críticas como la Reserva Geohidrológica Anillo de Cenotes y la Reserva Biocultural del Puuc.

Más allá de su valor ambiental, los manglares tienen también un peso económico concreto y una capacidad significativa para capturar bióxido de carbono —dos argumentos que, en teoría, deberían pesar tanto como los metros cuadrados de cualquier desarrollo turístico.


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