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«Noche, noche, noche»: cuerpo, sueño y territorio en la novela de Diana Obando (ENTREVISTA)

Libros

Por: Carolina De La Torre - 05/22/2026

La escritora colombiana Diana Obando habla sobre su novela Noche, noche, noche, donde la naturaleza deja de ser escenario para convertirse en una fuerza viva que desdibuja los límites entre cuerpo, memoria y sueño

En Noche, noche, noche la escritora colombiana Diana Obando construye un territorio narrativo donde la naturaleza no funciona como fondo, sino como una presencia que reorganiza la vida de los personajes. En una meseta marcada por el frío y la niebla, Sara, Tomás y Vladimir habitan un mundo donde el paisaje no es estable: se mueve, respira y en momentos parece desbordar los límites del cuerpo.

El cuerpo como punto de partida

La relación entre cuerpo y territorio es uno de los ejes centrales de la novela, y también el punto de partida de la conversación con la autora. Obando explica que esa conexión no surgió como una decisión literaria, sino como algo que venía de su propia experiencia con el entorno y con el cuerpo, especialmente a partir de un momento específico de su vida.

“Tiene que ver con mis propias itinerancias por el territorio. Especialmente después del parto de mi primera hija, que siento que es una experiencia que te pone radicalmente en el cuerpo, el parir. Es como aterrizar desde un lugar muy poderoso en esto. Me empezó a hacer muchas preguntas, como el parir, pero también el estar creando, el estar haciéndome preguntas por cómo relacionarme con mi entorno.”

A partir de ahí, su manera de mirar el mundo cambia. El cuerpo deja de ser un punto aislado y empieza a volverse una forma de lectura del entorno, incluso en lo cotidiano. Esa transformación también está atravesada por su historia personal entre ciudad y campo.

“Mi familia por ambos lados es de ascendencia campesina paterna y materna. Siempre sentí que en la ciudad algo como que no, como que se me desplazaba. Y luego, ya deliberadamente en la adultez, decidí afincarme en ese territorio que era la ciudad y decir bueno aquí también hay alimentos y también hay medicinas, lo que pasa es que crecen en los andenes, en las orillas de los parques, pero toca buscarlas más y escarbar más.”

El ecosistema como un solo cuerpo

Desde esa experiencia surge una idea que se vuelve clave para entender no solo la novela, sino su forma de escritura: el ecosistema como un cuerpo vivo, no como paisaje decorativo.

“Empecé a ver el ecosistema no ya precisamente como paisaje, sino como un gran cuerpo con el que uno se pone en relación, sea que uno sea consciente de ello o no. En Noche, noche, noche era importante que ese ecosistema no fuera una papel de colgadura al fondo, sino una fuerza viva con la que los personajes están dialogando, que es brava, generosa, aterradora y nutriente a la vez.”

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Cuando el cuerpo pierde sus límites

Esa decisión se traduce directamente en la experiencia de lectura. La novela empuja constantemente hacia una zona donde los límites del cuerpo se vuelven inestables, especialmente en el personaje de Sara, cuya percepción comienza a confundirse con el entorno.

“Hay un momento en el primer capítulo, Obligarse al calor, donde Sara está atravesando la sabana en el páramo y no logra distinguir sus pies del pasto que pisa, ni su respiración del viento, ni su calor del frío de la montaña. Su cuerpo deja de responder a menos que ella le diga qué hacer.”

Ese tipo de escenas buscan producir una experiencia específica en quien lee, no solo contar un evento.

“Yo quería que la gente pudiera hacerse a esa experiencia que es como la disolución del yo, como cuando en el sueño eso sucede. Pero también en esa disolución hay orillas distintas: cosas luminosas, pero también peligrosas y aterradoras.”

Sueños, plantas y formas de conocimiento

La conversación también abre el otro eje del libro: los sueños y las prácticas que atraviesan la vida de Obando, como la arbolaria y el trabajo con estados oníricos. Para ella, no son elementos simbólicos, sino formas de conocimiento y práctica cotidiana.

“Yo me inicié como onironauta a los 17 años, llevo casi 20 años trabajando con el sueño lúcido y el sueño consciente, y también con plantas asociadas al sueño. La arbolaria para mí no es algo abstracto, es algo muy práctico, de la crianza de mis hijos, de ser soberana de mi propia salud.”

Ese cruce entre experiencia y escritura es constante. No hay una separación clara entre lo que vive y lo que escribe:

“Mis libros empiezan como preguntas muy prácticas, muy concretas de lo que vivo, y luego eso decanta y va tomando la forma que necesita tomar.”

La canalización como método de escritura

Durante la escritura de Noche, noche, noche, hubo además un proceso que marcó profundamente el libro: la canalización, entendida no como imaginación deliberada, sino como un estado de apertura.

“Sentí que lo que tenía que hacer era canalizar. La canalización es estar permeable, como ser un cuenco, donde cierta información que está en el cuerpo puede rebozar y salir hacia la conciencia. Es distinto a imaginar, porque imaginar es más una construcción activa.”

Desde ese estado, incluso los sueños dejan de ser solo sueños.

“No son sueños, sino memorias más bien.”

Escritura, cuerpo y miradas desplazadas

Hacia el final de la conversación, aparece una reflexión sobre cómo se leen hoy estas formas de escritura, especialmente cuando se asocian a cuerpos femeninos. Obando es clara en su incomodidad con las etiquetas cerradas, pero también reconoce que hay diferencias en la forma de habitar el mundo.

“Yo evito mucho pensar en términos de literatura escrita por mujeres, porque tiende a homogenizarnos. Pero sí creo que estos cuerpos escriben distinto, porque no es lo mismo un cuerpo que menstrúa, que atraviesa la menopausia o que vive ciertos ciclos hormonales, a otros cuerpos que están regidos por otros ritmos.”

Y añade una idea que abre otra lectura posible sobre esas escrituras:

“Son miradas que habían sido marginalizadas, como miradas menores, sobre lo mínimo, lo pequeño, lo doméstico.”

El origen de la novela

La novela se cierra, en la conversación, volviendo a su origen: un estado límite de percepción en el que el yo se desestabiliza.

“No saber quién era, ni qué era arriba ni qué era abajo.”

De ahí nace el libro: como intento de nombrar ese estado.

“La novela empezó como ese esfuerzo de nombrar ese estado de despersonalización.”

Noche, noche, noche se sostiene entonces en ese borde: entre cuerpo y territorio, entre sueño y vigilia, entre memoria y percepción. Un espacio donde los límites no desaparecen del todo, pero sí dejan de ser fijos.


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