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La visita del presidente ucraniano a Madrid dejó una imagen poderosa: Zelensky y Pedro Sánchez frente al Guernica, en un gesto que conecta la memoria del bombardeo de 1937 con la guerra actual en Ucrania

Zelensky estuvo en Madrid solo unas horas, pero la foto que eligió marcar no fue la típica imagen diplomática. Se colocó frente al Guernica de Picasso, junto a Pedro Sánchez. No fue un accidente ni un recurso estético. Fue un mensaje directo sobre la guerra, la memoria y la manera en que Europa decide posicionarse frente al conflicto en Ucrania.

El Guernica no es solo un ícono del arte moderno; es una herida que España convirtió en símbolo político. Representa el bombardeo de la ciudad vasca en 1937, un ataque aéreo dirigido contra civiles. Fue una operación ejecutada por la aviación nazi y fascista para apoyar a Franco durante la Guerra Civil. Por eso, el cuadro siempre ha sido más que arte: es un recordatorio del costo de mirar hacia otro lado cuando la violencia se vuelve estrategia.

Ahí está la fuerza del gesto. Zelenskyy sabe que su país vive bajo una guerra que también ataca infraestructura civil, hogares y refugios. Sabe que Europa recuerda Guernica como una de las primeras lecciones contemporáneas de cómo la guerra aérea puede destruir una vida entera en segundos. Y se presenta frente al cuadro al lado del presidente español para subrayar algo: lo que en 1937 se llamó “una tragedia local” hoy resuena en Ucrania con los mismos patrones. El simbolismo no necesita explicación técnica, pero sí una lectura política clara.

Pedro Sánchez también juega un papel clave en el significado del momento. España ha sido uno de los aliados vocales en la defensa de Ucrania dentro de la Unión Europea. Ha enviado ayuda, ha apoyado sanciones contra Rusia y ha insistido en que la defensa ucraniana es un tema de seguridad para todo el continente. Que Sánchez acompañe a Zelenskyy frente al Guernica funciona como una declaración pública de respaldo: España no solo apoya a Ucrania en las cumbres y los comunicados, sino desde su propia memoria histórica. Es una forma de decir: “Sabemos lo que implica cuando los dictadores bombardean a civiles, ya lo vivimos”.

El cuadro también conecta con Zelenskyy en lo personal y lo discursivo. No es la primera vez que lo utiliza como punto de referencia. En 2022, cuando habló ante el Parlamento español, dijo que Ucrania vivía lo que Europa creyó superado desde la época de Guernica: familias escondidas en sótanos, ciudades atacadas desde el cielo, vidas suspendidas por miedo. Su aparición ahora frente al lienzo reafirma esa idea. No es casualidad: él entiende cómo funcionan los símbolos en una guerra que también se libra en el terreno de la narrativa pública.

Y hay un detalle que vuelve todo más contundente: el Guernica ha sido testigo incómodo en los pasillos del poder global. Su tapiz cuelga justo a la entrada de la sala del Consejo de Seguridad de la ONU, donde Rusia mantiene un asiento permanente. Es una ironía viva. Un cuadro que denuncia los crímenes contra civiles recibe a delegados de un país acusado de repetir esos mismos métodos en pleno siglo XXI.

La obra también arrastra su propia historia política: Picasso prohibió que se exhibiera en España mientras Franco estuviera en el poder, y solo volvió en 1981, después de que el país lograra superar un intento de golpe militar. Para los españoles, su regreso simbolizó que la dictadura no volvería. Ese valor histórico hace que la escena entre Zelenskyy y Sánchez sea todavía más potente: es un puente entre la memoria de una guerra que rompió a España y otra que hoy trata de no romper a Ucrania.

La visita del presidente ucraniano forma parte de una gira urgente por Europa. Kiev necesita sostener alianzas mientras enfrenta desgaste interno, escándalos y tensiones políticas que amenazan el apoyo internacional. Por eso, un gesto simbólico así no es simple protocolo: es estrategia. Es recordarle a Europa que ya ha visto este tipo de violencia y que ignorarla nunca ha terminado bien.

Frente al Guernica, Zelensky y Sánchez no solo posaron. Activaron una memoria que sigue vibrando en Europa: la responsabilidad de no repetir las historias que ya conocemos demasiado bien.


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Imagen de portada: Chicago Tribune