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Descubre cómo María Félix y su esposo Alexander Berger influyeron en la construcción del Metro de la Ciudad de México, transformando la movilidad capitalina y dejando una historia única detrás de este ícono urbano

Si alguna vez pensaste que la historia del Metro de la Ciudad de México es sólo ingeniería y política, pues estás equivocado. La icónica diva del cine mexicano, María Felix, no solo lo veía como un transporte: lo reclamaba como suyo. Y no era un capricho; había una historia detrás.

María decía con su inconfundible tono: “El maravilloso Metro que tiene la Ciudad de México es mío. Me lo regaló mi marido”. Su esposo, Alexander Berger, empresario francés, tuvo un papel clave en que el proyecto del Metro se concretara. La idea de un transporte subterráneo moderno, comparable al de París, surgió entre ellos, y Berger utilizó sus contactos y recursos para facilitar el financiamiento que permitió que el gobierno mexicano cubriera la obra civil, mientras Francia apoyaba con la parte electromecánica.

Las primeras reuniones de planeación incluso se realizaron en la casa de Félix, en Polanco. Allí se discutieron rutas, estaciones y diseños, mientras María aportaba su visión: un sistema que no solo funcionara, sino que estuviera a la altura de una ciudad moderna. Para ella, no era solo una infraestructura; era un símbolo de progreso que debía tener México.

La anécdota de María Félix también refleja su carácter y su relación con el poder. Siempre consciente de su influencia y de cómo podía mezclar glamour y negocios, convirtió una obra pública en una historia personal que luego se volvió parte del imaginario colectivo. Su comentario, que muchos tomaron como exageración, tenía un fondo de verdad: gracias a Berger, los cimientos del Metro se colocaron con apoyo financiero y conexiones estratégicas que fueron decisivas.

El proyecto del Metro comenzó oficialmente en 1967, y aunque María ya no estaba involucrada en cada detalle, su influencia quedó marcada en la narrativa: la ciudad tendría un transporte subterráneo digno de una capital moderna, y parte de esa historia tenía un rostro conocido, elegante y polémico. La línea entre lo personal y lo público se difumina en esta historia, mostrando cómo decisiones privadas pueden moldear la infraestructura de una ciudad entera.

Hoy, cuando millones de personas utilizan el Metro cada día, es imposible no imaginar a María Félix altiva detrás de ese proyecto, recordándonos que incluso la vida de una diva puede dejar huella en el movimiento cotidiano de la ciudad. Su humor, su glamour y la visión de su esposo convergieron en un regalo que sigue funcionando décadas después: un sistema de transporte que transformó la Ciudad de México, y que para ella, de alguna manera, siempre fue suyo.


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