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Las muestras del asteroide Bennu revelaron aminoácidos, azúcares y moléculas esenciales que explican cómo la vida pudo formarse antes de existir la Tierra tal como la conocemos

Durante décadas, la ciencia ha intentado responder una pregunta que parece sencilla, pero no lo es en absoluto: cómo empezó la vida. El problema es que la Tierra ya no conserva las huellas de ese origen. La erosión, la tectónica, el agua y la propia vida han reescrito su superficie una y otra vez. Para entender qué ocurrió al principio, los científicos tuvieron que mirar fuera. Muy lejos de aquí. Hacia un asteroide oscuro, pequeño y aparentemente inerte llamado Bennu.

En septiembre de 2023, una cápsula cayó en el desierto de Utah. Dentro no había tecnología futurista ni objetos brillantes, sino algo mucho más valioso: polvo y fragmentos intactos de Bennu, recolectados directamente en el espacio por la misión OSIRIS-REx de la NASA. Era la primera vez que se traía a la Tierra una muestra tan bien preservada de un asteroide primitivo. Desde entonces, decenas de equipos científicos han trabajado en silencio, analizando cada partícula como si fuera una reliquia.

Los resultados, publicados entre finales de 2024 y 2025, cambiaron el panorama.

Las muestras de Bennu contienen moléculas orgánicas clave para entender el origen de la vida: aminoácidos, bases nucleicas, sales, minerales y, de manera inédita, azúcares como la ribosa y la glucosa. La ribosa es especialmente relevante porque forma parte de la estructura del ARN, una molécula fundamental que pudo existir antes que el ADN. La glucosa, por su parte, es una fuente básica de energía para los procesos biológicos. Encontrarlas fuera de la Tierra no es un detalle menor: sugiere que la química necesaria para la vida no nació exclusivamente aquí.

Durante años se habían encontrado compuestos similares en meteoritos, pero siempre existía la duda de la contaminación. Un meteorito atraviesa la atmósfera, entra en contacto con agua, aire, bacterias y manos humanas. Separar lo extraterrestre de lo terrestre era casi imposible. Con Bennu, esa incertidumbre desaparece. Las muestras fueron tomadas en el vacío del espacio, selladas con nitrógeno y abiertas en laboratorios que funcionan como quirófanos. Lo que hay ahí no llegó después. Ya estaba.

José Aponte, astroquímico de la NASA, forma parte del equipo que analizó estas muestras. Su trabajo se centra en identificar compuestos orgánicos en concentraciones mínimas. Tan mínimas que una huella digital humana contiene miles de veces más materia orgánica que una roca de Bennu. Por eso el proceso es lento, meticuloso y obsesivo. Preparar una metodología puede tomar años antes de analizar una sola muestra real.

Lo que encontraron fue un inventario químico sorprendentemente amplio. Aminoácidos esenciales, nucleobases, ácidos carboxílicos, aldehídos y cetonas. Es decir, piezas fundamentales para construir proteínas, membranas celulares y sistemas capaces de almacenar información. Incluso se identificó triptófano, uno de los aminoácidos más complejos y esenciales, que nunca antes había sido detectado con claridad en material extraterrestre.

Bennu no es un cuerpo cualquiera. Es lo que los científicos llaman un “montón de escombros”: un conjunto de rocas que alguna vez formaron parte de un objeto mucho mayor. Ese cuerpo original se formó más allá de la llamada línea de nieve del sistema solar, una región donde el agua puede congelarse y permanecer estable. Ahí, durante millones de años, existieron condiciones para que el agua líquida, los minerales y la energía interactuaran y generaran química compleja.

Después, una gran colisión lo fragmentó. Algunos de esos restos, incluido Bennu, migraron hacia el interior del sistema solar, donde han permanecido como cápsulas del tiempo. A diferencia de la Tierra, Bennu no ha sido erosionado ni reciclado. Conserva una química que prácticamente no ha cambiado desde hace más de 4.500 millones de años.

Este hallazgo no significa que la vida haya surgido en el espacio. Nadie ha encontrado organismos vivos en Bennu ni en ningún asteroide. Lo que sí refuerza es una idea más matizada: la Tierra primitiva pudo haber recibido un aporte constante de moléculas complejas ya formadas. Durante sus primeros cientos de millones de años, nuestro planeta fue bombardeado por asteroides y cometas. Cada impacto pudo haber entregado aminoácidos, azúcares y bases químicas que facilitaron el salto de la química simple a sistemas cada vez más complejos.

No se trata de panspermia en una versión extrema. Es algo más sobrio y más compatible con la evidencia: un empujón químico que acortó el camino hacia la vida.

Bennu también ayuda a refinar una de las grandes preguntas de la astrobiología actual: cómo distinguir la materia orgánica producida por la vida de la que surge de procesos inertes. Muchas de las moléculas presentes en los seres vivos también pueden formarse sin biología de por medio. Entender esas diferencias será clave cuando se analicen muestras de Marte, Europa o Encélado.

Por eso Bennu importa tanto. No solo por lo que contiene, sino por lo que permite comparar. Es un punto de referencia para interpretar otros mundos.
Al final, este descubrimiento tiene una dimensión que va más allá de los laboratorios. Mirar las muestras de Bennu es mirar una historia que la Tierra ya no puede contar. Es asomarse a un momento en el que los ingredientes de la vida flotaban, se combinaban y viajaban sin destino claro, hasta terminar aquí. No como un milagro aislado, sino como parte de un proceso mucho más amplio, antiguo y común de lo que imaginábamos.


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Imagen de portada: NASA Ciencia